Los cambios nos asustan y nos generan inquietud, porque tememos perder aquello que tenemos. No somos conscientes de que muchas de las necesidades que sentimos son artificiales y podríamos prescindir de ellas, y que gran parte de ellas ni siquiera son nuestras, sino inducidas por la presión social. Si ahora mismo miras las cosas que te rodean en tu casa, seguro que encuentras que muchas ellas no sirven para nada, que no te aportan nada. ¿Qué necesidades satisficieron en su momento? Ya ni lo recuerdas. Es posible que en el instante de adquirir ese objeto, la necesidad ya hubiera desaparecido, pero aún así la inercia te hizo comprarlo. En estos tiempos de crisis, todos hablamos de reducir gastos, y eso nos hace sentirnos infelices. Pero si en lugar de planteárnoslo como un recorte de nuestro bienestar, lo acometemos como una oportunidad para enfocar nuestra vida hacia lo necesario, a lo que realmente nos proporcionará alguna satisfacción o cubrirá alguna necesidad real, saldremos reforzados. Podemos aprender a vivir con menos, y a no ser esclavos de las posesiones materiales. La sociedad nos querrá seguir llevando hacia el consumismo, pero ahí está nuestra capacidad como seres individuales y con libre albedrío para fijar nuestro límite. Sólo necesitamos la disciplina y la fuerza de voluntad necesaria para no ceder a las tentaciones. Si lo conseguimos, el resultado será el mejor que podamos esperar: sentirnos bien con nosotros mismos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario