jueves, 31 de octubre de 2013

Tiempo

 
El tiempo es una dimensión de nuestra vida que nos resulta incómoda. Así como somos capaces de movernos con naturalidad y comprender sin esfuerzo las tres dimensiones del espacio, el tiempo nos encorseta y determina la dirección en la que nos movemos, siempre hacia adelante, y siempre al ritmo que nos impone. No podemos ni acelararlo ni retardarlo. Bien es cierto que siempre la percepción de la duración de cualquier acontecimiento depende de nuestro estado de ánimo. A todos se nos pasa el tiempo muy rápido cuando estamos disfrutando, y muy lento cuando nos toca pasarlo mal. Esa sensación de incomodidad es la que nos hace fantasear con viajar en el tiempo, hacia adelante o hacia atrás, sin tener en cuenta que si viajamos hacia atrás y cambiamos alguno de nuestros comportamientos, el futuro que resulte será diferente del futuro desde el que hemos viajado al pasado, lo que implica la existencia de múltiples futuros probables y la posiblidad de movernos de uno al otro. Si fantaseamos con viajar hacia adelante en el tiempo, estamos dando por supuesto que el futuro ya ha ocurrido y coexiste con el presente, puesto que si no fuera así, no podríamos visitarlo. Es por eso por lo que la dimensión tiempo nos resulta tan incómoda y preferimos no pensar mucho en ella: no somos capaces de comprenderla.

jueves, 10 de octubre de 2013

La niña de la foto


La niña de la foto nació en Madrid en el año 37 del siglo pasado, durante la Guerra Civil, en pleno asedio rebelde y en una calle muy cercana a la Gran Vía, conocida entonces por los madrileños, de manera jocosa, como la Avenida de las Bombas, por la gran cantidad de ellas que cayó durante el asedio, aunque naturalmente ella no recuerda nada de eso. Lo que sí recuerda, a pesar del racionamiento y las carencias de todo lo más básico, es que fue una niña de infancia alegre y feliz. Su madre se las ingeniaba como podía con lo que tenía a mano, y conseguía algún dinero extra lavando la ropa a los soldados que destinaban a Madrid para hacer el servicio militar. Su padre, camarero durante la guerra, después empleado de Renfe a pesar de haber estado en el bando equivocado, además del sueldo de ferroviario como recaudador de la línea Madrid-Medina del Campo, siempre llevaba a casa algún extra, trapicheando con productos que conseguía por el camino y luego revendía. El famoso estraperlo, a pequeña escala. Por eso la memoria de su infancia es feliz. Siempre recuerda los domingos por la mañana, cuando salía de paseo con su padre por Madrid, a ver libros en la Cuesta de Moyano, o a visitar algún museo y luego a tomar el vermut en Casa Rivas antes de ir a comer.  Sí, ella también tomaba un poco de vermut con sifón, eran otros tiempos y otras costumbres. Poco a poco creció, llegó a la adolescencia y se puso a trabajar, no en un taller de costura o sirviendo, como muchas otras chicas de su época, sino en un taller de fabricación de parches  de caucho, un trabajo sucio e insalubre, porque en aquella época las condiciones laborales eran muy precarias. A pesar de no tener más que los estudios básicos, siempre fue una gran aficionada a la lectura, una lectora voraz de todo tipo de libros, lo que le dio una cultura por encima de la media. Con los años, se echó novio, se casó, y dedicó el resto de su vida a ser ama de casa. Tuvo cuatro hijos y en general, casi todos los recuerdos de la mayor parte de su vida son felices. Por supuesto que ha tenido de todo. La vida, como a todos, por cada alegría que nos da nos descuenta una tristeza, y a ella le tocó vivir una de las más amargas que se puedan imaginar: la muerte de una hija a una edad injusta y de una enfermedad injusta. Pero después vinieron nuevas alegrías, más nietos, y pequeños disgustos, como la  separación matrimonial o la pérdida del trabajo de un hijo. No hace mucho, un golpe muy duro, la muerte del marido después de varios años de enfermedad, interrumpiendo así una convivencia de 56 años, entre noviazgo y matrimonio. Nuevas alegrías, en forma de nieta, y así, uno tras otro, los avatares de la vida, alternando dulces y amargos. Ahora vive un momento amargo en un hospital, luchando contra una enfermedad traicionera y que le ha cogido de improviso. Una enfermedad de pronóstico incierto a su edad, 76 años. Ahora sus ojos reflejan la perplejidad y el miedo que produce lo desconocido, y buscan, igual que una niña, la mirada de sus hijos para no sentirse perdida, y se aferra a la mano de quienes la quieren como intentando agarrarse a la vida. Es una historia vital poco extraordinaria, muy parecida a muchas otras. Pero para mi es una historia especial. La niña de esa foto es mi madre.

viernes, 4 de octubre de 2013

Messi

Hace unos días se produjo una escena curiosa que estará siendo analizada con escepticismo en todo el mundo, y con preocupación, y quien sabe si con las tijeras de los recortes puestas a afilar de nuevo, en el seno del gobierno de la UE. La escena fue la de el futbolista Leonel Messi entrando a declarar en los juzgados de Gavá en relación a un fraude fiscal millonario continuado, y reconocido, pues ya ha abonado unos 15 millones de euros a la Hacienda pública en concepto de cantidades no declaradas (10 millones) más la sanción correspondiente (5 millones). Aún tiene otras tres causas pendientes, por las que tendrá que abonar, según los expertos, alrededor de 10 millones de euros adicionales, entre cantidades defraudadas y sanciones. Pues bien, ante un hecho delicitivo asumido y que nos afecta a todos, pues se trata del dinero de todos, la reacción de la gente es aclamar al defraudador, vitorearle y darle ánimos. Darle ánimos gente que seguramente en muchos casos tendrá dificultades para llegar a final de mes y que sufre los recortes provocados por la crisis y la actuación de muchos miles de defraudadores anónimos como Messi. Esto es la marca España en su estado puro: se aclama al delincuente y se le vitorea o reelige para que siga delinquiendo. Da igual que se llame Camps, Griñán, Bárcenas, Mata, Baltar, Fabra o quien sea. Somos forofos en todo, y la política no es una excepción. La condición necesaria para ser forofo es falta de criterio y la entrega irracional a la causa por encima de toda lógica, lo que nos coniverte en un país de risa, donde lo más valorado es burlar la ley impunemente y donde los delincuentes son vistos con admiración. Lo malo es que llevamos varios siglos actuando igual, quizás por eso vivimos en crisis permanente y por eso nadie nos toma en serio a nivel mundial.

martes, 1 de octubre de 2013

¿República?

Tenemos tendencia a pensar que las situaciones que conforman nuestra realidad son inamovibles en sus grandes líneas maestras. Eso nos pasó cuando estalló la crisis, que se llevó de golpe nuestro espejismo de prosperidad, y nos dejó cara de tontos y una incredulidad que aún no hemos superado del todo. Y lo mismo nos ocurre en lo referente al modelo de estado que tenemos o tendremos. Para quienes han nacido en democracia, o para quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en democracia, nos parece que el actual sistema de monarquía parlamentaria es el único posible. La palabra república aún despierta resquemor debido a la herencia cultural recibida de nuestros padres y abuelos. Pero la historia no es inamovible. Los países, los estados y las naciones cambian con el tiempo, empujados por el viento que generan quienes los habitan. Si alguien hubiera hablado de una Alemania unificada o una Yugolavia disgregada y desparecida unos años antes de que estos hechos ocurrieran le habrían tachado de loco o de soñador. Pero hoy la Alemania unificada es una superpotencia y Yugoslavia sólo existe en la Historia. En España, sin ir más lejos, la generación de nuestros abuelos vivió al menos cinco regímenes políticos diferentes: el final de la Restauración Borbónica durante el reinado de Alfonso XIII, la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Dictadura de Franco y la actual Monarquía Parlamentaria. Y todos ellos en menos de 75 años. El modelo de estado actual no es inmutable, y no podemos asegurar que dentro de unos años vivamos en este mismo modelo. Es posible que en el futuro España sea una monarquía de estados federados, una república federal al estilo alemán e incluso un estado más pequeño que el que ahora tenemos, con Euskadi y Cataluña como estados independientes. Y puestos a imaginar, sería posible incluso la República de Iberia de Saramago, con España y Portugal conformando un único estado. Lo que ocurra sólo es cuestión de tiempo y generaciones.