Hace unos días se produjo una escena curiosa que estará siendo analizada con escepticismo en todo el mundo, y con preocupación, y quien sabe si con las tijeras de los recortes puestas a afilar de nuevo, en el seno del gobierno de la UE. La escena fue la de el futbolista Leonel Messi entrando a declarar en los juzgados de Gavá en relación a un fraude fiscal millonario continuado, y reconocido, pues ya ha abonado unos 15 millones de euros a la Hacienda pública en concepto de cantidades no declaradas (10 millones) más la sanción correspondiente (5 millones). Aún tiene otras tres causas pendientes, por las que tendrá que abonar, según los expertos, alrededor de 10 millones de euros adicionales, entre cantidades defraudadas y sanciones. Pues bien, ante un hecho delicitivo asumido y que nos afecta a todos, pues se trata del dinero de todos, la reacción de la gente es aclamar al defraudador, vitorearle y darle ánimos. Darle ánimos gente que seguramente en muchos casos tendrá dificultades para llegar a final de mes y que sufre los recortes provocados por la crisis y la actuación de muchos miles de defraudadores anónimos como Messi. Esto es la marca España en su estado puro: se aclama al delincuente y se le vitorea o reelige para que siga delinquiendo. Da igual que se llame Camps, Griñán, Bárcenas, Mata, Baltar, Fabra o quien sea. Somos forofos en todo, y la política no es una excepción. La condición necesaria para ser forofo es falta de criterio y la entrega irracional a la causa por encima de toda lógica, lo que nos coniverte en un país de risa, donde lo más valorado es burlar la ley impunemente y donde los delincuentes son vistos con admiración. Lo malo es que llevamos varios siglos actuando igual, quizás por eso vivimos en crisis permanente y por eso nadie nos toma en serio a nivel mundial.
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