Alrededor del año 350 antes de nuestra era, Aristóteles definió al hombre como un "animal político", dando a entender que la política forma parte de nuestra condición humana y nos diferencia del resto de especies. A lo largo de toda nuestra historia como cultura occidental, desde aquellos lejanos tiempos de la Grecia clásica, la política ha jugado un papel primordial en nuestras vidas como individuos. El poder tiene un gran atractivo, y por sentirse poderosos muchos seres humanos están dispuestos a todo. Parece, y digo sólo "parece", porque la historia nos demuestra que tiene una obstinada tendencia a repetirse, que atrás han quedado los tiempos, en nuestro entorno cultural, en los que hasta el asesinato valía para conseguir el poder. Que se lo pregunten a los reyes godos. Afortunadamente para los políticos de ahora, la política ha dejado de ser una actividad de alto riesgo, y los beneficios que proporciona son muchos, ladrillo incuido, por eso, el mínimo riesgo de ir a lal cárcel apenas disuade de intentarlo. Esto ha provocado que cualquiera con ganas de medrar y de trabajar lo menos posible, y si además tiene pocos escrúpulos o ninguno, mucho mejor, vea en la política la forma de conseguir todas aquellas cosas que le serían inalcanzables por sus propios méritos y preparación. Como resultado, nuestras vidas están dirigidas por individuos de escasa cualificación y de nula visión global, cegados por las orejeras partidistas que sólo les permiten ver la zanahoria que su propia ambición les pone delante, y que no coincide con el bien común que deberían perseguir en el ejercicio de la actividad política. Es decir, más que por animales políticos, estamos dirigidos por políticos animales. El resultado es el que sufrimos a diario desde los albores de nuestra historia, con independencia de las nacionalidades que se quieran estudiar: políticos exclusivamente preocupados de su propio bien, cazafortunas venidos a más y perfectos cabeza huecas que actúan como caja de amplificación de frases altisonantes que no se creen, ni tan siquiera entienden. Siempre que pienso en los políticos recuerdo unas viñetas de "Asterix en Helvetia". En ellas se ve al gobernador de la provincia, recién nombrado, repartiendo los tributos. Separa una montaña de monedas de oro tan alta como él diciendo "esto para mi"; aparta un montoncito de monedas de oro para su ayudante, "esto para ti", y pone cuatro monedas en un cofre y le dice a su ayudante "y esto para Roma". El ayudante le pregunta "¿No crees que van sospechar?", a lo que el gobernador, todo furioso, le responde "¡Me han nombrado por cuatros años!¡tengo cuatro años para hacerme rico!". Pues eso, ¡qué poco hemos cambiado!
Vivimos en un mundo plano y al mismo tiempo lleno de aristas. Somos rehenes de la mediocridad y la uniformidad, y luchamos para vivir la ilusión de sentirnos diferentes. Tenemos una sociedad gris, en la que los poderes dominantes son esclavos de lo políticamente correcto y legislan pensando en el titular de mañana y en el beneficio personal de pasado mañana.
domingo, 25 de abril de 2010
ANIMALES POLÍTICOS
Alrededor del año 350 antes de nuestra era, Aristóteles definió al hombre como un "animal político", dando a entender que la política forma parte de nuestra condición humana y nos diferencia del resto de especies. A lo largo de toda nuestra historia como cultura occidental, desde aquellos lejanos tiempos de la Grecia clásica, la política ha jugado un papel primordial en nuestras vidas como individuos. El poder tiene un gran atractivo, y por sentirse poderosos muchos seres humanos están dispuestos a todo. Parece, y digo sólo "parece", porque la historia nos demuestra que tiene una obstinada tendencia a repetirse, que atrás han quedado los tiempos, en nuestro entorno cultural, en los que hasta el asesinato valía para conseguir el poder. Que se lo pregunten a los reyes godos. Afortunadamente para los políticos de ahora, la política ha dejado de ser una actividad de alto riesgo, y los beneficios que proporciona son muchos, ladrillo incuido, por eso, el mínimo riesgo de ir a lal cárcel apenas disuade de intentarlo. Esto ha provocado que cualquiera con ganas de medrar y de trabajar lo menos posible, y si además tiene pocos escrúpulos o ninguno, mucho mejor, vea en la política la forma de conseguir todas aquellas cosas que le serían inalcanzables por sus propios méritos y preparación. Como resultado, nuestras vidas están dirigidas por individuos de escasa cualificación y de nula visión global, cegados por las orejeras partidistas que sólo les permiten ver la zanahoria que su propia ambición les pone delante, y que no coincide con el bien común que deberían perseguir en el ejercicio de la actividad política. Es decir, más que por animales políticos, estamos dirigidos por políticos animales. El resultado es el que sufrimos a diario desde los albores de nuestra historia, con independencia de las nacionalidades que se quieran estudiar: políticos exclusivamente preocupados de su propio bien, cazafortunas venidos a más y perfectos cabeza huecas que actúan como caja de amplificación de frases altisonantes que no se creen, ni tan siquiera entienden. Siempre que pienso en los políticos recuerdo unas viñetas de "Asterix en Helvetia". En ellas se ve al gobernador de la provincia, recién nombrado, repartiendo los tributos. Separa una montaña de monedas de oro tan alta como él diciendo "esto para mi"; aparta un montoncito de monedas de oro para su ayudante, "esto para ti", y pone cuatro monedas en un cofre y le dice a su ayudante "y esto para Roma". El ayudante le pregunta "¿No crees que van sospechar?", a lo que el gobernador, todo furioso, le responde "¡Me han nombrado por cuatros años!¡tengo cuatro años para hacerme rico!". Pues eso, ¡qué poco hemos cambiado!
sábado, 3 de abril de 2010
CONDICIÓN HUMANA
He terminado de leer estos días un libro titulado "Una breve historia de casi todo", de Bill Bryson. Es un libro de divulgación científica, ameno y entretenido, del que se puede sacar una visión global acerca de los acontecimientos y la historia que nos han traído hasta aquí como especie, desde el inicio del Universo hasta la era espacial. Como digo, es un libro muy accesible a cualquier persona con un nivel de estudios mínimo, no es necesario tener estudios universitarios ni grandes conocimientos. Casi podría llegar a ser un libro de texto a nivel de bachillerato. Pero lo que más me ha sorprendido del libro han sido dos cosas:
La primera, la increíble y casi milagrosa cantidad de casualidades favorables que se han tenido que dar para que nosotros, los humanos modernos, estemos aquí ahora y seamos capaces de comunicarnos y tener conciencia de nuestro pasado. En todos y cada uno de los sucesos catastróficos que han ocurrido, en todas y cada una de las grandes extinciones que ha habido a lo largo de la historia terrestre, invariablemente alguno de nuestros antepasados se hallaba en el lugar correcto en el momento preciso para salvarse de la destrucción y seguir adelante. Que cada uno de nosotros esté aquí como individuo supone un milagro no menor. Para que fuésemos concebidos, nuestros padres, dos personas, tuvieron que aparearse en el momento exacto en que hubo la posibilidad de engendrarnos. Tomando como media de cada nueva generación unos 25 años, 25 años antes tuvo que darse esa misma casualidad entre cuatro personas, tus dos abuelos paternos y los dos maternos. Si seguimos remontándonos a razón de 4 generaciones por siglo, el número de casualidades aumenta en progresión geométrica, y sólo con que una de ellas no se hubiera producido, ya no seríamos nosotros, seríamos otra persona.
La segunda tiene que ver más con la estupidez humana, quizás la condición más permanente con independencia de la inteligencia y cualquier otra virtud que podamos tener. La historia de la ciencia es la historia de los conflictos personales de los científicos, y se ha visto entorpecida durante muchos años, incluso siglos, por rencillas personales, odios injustificados, robos de información y en general guerras cruentas totalmente ajenas a los postulados de lo que debería ser la ciencia. Las mentes más brillantes de todos los tiempos, incluidos Newton o Einstein, no fueron ajenos a estas guerras sordas, que en algunos casos llegaban a enfrentamientos personales físicamente. En la búsqueda individual de la gloria, anteponían el ego al bien común de la ciencia, que era el progreso y el avance en el estudio de lo que somos. Y eso ya de por sí no nos deja en muy buen lugar.
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