Los cambios nos asustan y nos generan inquietud, porque tememos perder aquello que tenemos. No somos conscientes de que muchas de las necesidades que sentimos son artificiales y podríamos prescindir de ellas, y que gran parte de ellas ni siquiera son nuestras, sino inducidas por la presión social. Si ahora mismo miras las cosas que te rodean en tu casa, seguro que encuentras que muchas ellas no sirven para nada, que no te aportan nada. ¿Qué necesidades satisficieron en su momento? Ya ni lo recuerdas. Es posible que en el instante de adquirir ese objeto, la necesidad ya hubiera desaparecido, pero aún así la inercia te hizo comprarlo. En estos tiempos de crisis, todos hablamos de reducir gastos, y eso nos hace sentirnos infelices. Pero si en lugar de planteárnoslo como un recorte de nuestro bienestar, lo acometemos como una oportunidad para enfocar nuestra vida hacia lo necesario, a lo que realmente nos proporcionará alguna satisfacción o cubrirá alguna necesidad real, saldremos reforzados. Podemos aprender a vivir con menos, y a no ser esclavos de las posesiones materiales. La sociedad nos querrá seguir llevando hacia el consumismo, pero ahí está nuestra capacidad como seres individuales y con libre albedrío para fijar nuestro límite. Sólo necesitamos la disciplina y la fuerza de voluntad necesaria para no ceder a las tentaciones. Si lo conseguimos, el resultado será el mejor que podamos esperar: sentirnos bien con nosotros mismos.
Vivimos en un mundo plano y al mismo tiempo lleno de aristas. Somos rehenes de la mediocridad y la uniformidad, y luchamos para vivir la ilusión de sentirnos diferentes. Tenemos una sociedad gris, en la que los poderes dominantes son esclavos de lo políticamente correcto y legislan pensando en el titular de mañana y en el beneficio personal de pasado mañana.
miércoles, 30 de enero de 2013
lunes, 28 de enero de 2013
Ciegos
Nos gusta pensar que controlamos nuestra vida, que somos libres y únicos. Nos construimos una imagen idealizada de nosotros mismos y terminamos por creernos esa imagen que nos hemos fabricado. Somos capaces de ignorar nuestros errores, aunque sean evidentes, y de proclamar nuestros aciertos para que se conozcan (y confirmen así la imagen que hemos construido) aunque sean pocos y cuestionables. Vivimos en una vorágine de acontecimientos y obligaciones que en muchas ocasiones no nos permite pararnos, pensar y analizarnos, y ver si la imagen creada, o la que queremos crear, coincide con lo que realmente somos, o con lo que transmitimos. Somos actores atrapados en una ceguera selectiva, que sólo nos oculta lo que no queremos ver, y sólo deja pasar la luz de lo que nos hace sentir bien. Algunas personas viven en esta ceguera durante toda su vida, y pueden ser felices así; otras, son capaces de abrir esa ceguera y descubren otro mundo y otras posibilidades a cada paso, y también pueden llegar a ser felices de esa manera. Por último, están quienes dejan atrás la ceguera, pero no son capaces de enfrentarse a ese mundo nuevo. Estos son los que están condenados a sufrir.
viernes, 25 de enero de 2013
Defensiva
Cuando nos enfrentamos a situaciones que no nos agradan, cada uno, como individuos que somos, lo hacemos de una manera diferente. Incluso dependiendo del momento de nuestra vida en el que nos encontremos, nosotros mismos podemos encarar una situación similar de maneras distintas. La decisión que tomemos en ese instante dependerá en gran parte del aprendizaje anterior, algo que ya comenté en otras entradas, y de nuestro estado subconsciente. Tenemos una gran cantidad de información negativa acumulada de la que ni siquiera somos conscientes de que existe, y si no aprendemos a manejarla, nuestra mente puede frenarnos sin que seamos capaces de percibirlo. En este caso, nuestras decisiones se vuelven defensivas, y como cualquier reacción defensiva, llega un segundo más tarde de que se produzca la acción que la provoca, lo que casi siempre nos generará insatisfacción ante los resultados conseguidos. Es el paso previo a la frustración. El objetivo sería trabajar nuestro subconsciente, reeducarlo de manera que nos haga tomar decisiones en función del ahora del estímulo actual, sin tener en cuenta los resultados anteriores. Es la acción preventiva, que se adelanta al resultado del estímulo e intenta aprovecharlo en su propio beneficio. Es cierto que en cualquiera de los dos casos nos podemos equivocar, pero en el primero el retorno que recibimos es que no controlamos nuestra vida y vamos siempre a remolque (aprendizaje negativo, de nuevo), y en el segundo, a pesar de que no estamos libres de error, la sensación que percibimos es que construimos nuestro camino (aprendizaje positivo). Es cuestión de elegir con cuál te sientes más a gusto.
miércoles, 23 de enero de 2013
Hilos
En la mitología romana, las parcas tejían y sustentaban los hilos de la vida, y el corte del hilo simbolizaba la muerte. Esos relatos míticos intentaban explicar a su manera el devenir y el misterio que se escondía detrás de los ciclos de vida y muerte, y presentarlos como consecuencia de un destino predeterminado. Yo, personalmente, no creo en el destino, creo que la vida la vamos construyendo nosotros con nuestros actos y con nuestra reacción a los sucesos externos a nosotros. Sin embargo, sí que encuentro un paralelismo con el mito de las parcas. Cuando nacemos, somos un ovillo que empieza a rodar en un plano infinito y que puede ir hacia cualquier lado en cualquier dimensión, dejando tras de sí el rastro del hilo, nuestro pasado, que en el momento en el que queda fuera del ovillo ya no puede influir en el movimiento posterior. Durante el tiempo en el que nos vamos desarrollando, nos chocamos con otros ovillos y cambiamos de dirección, o nuestros hilos se enredan con otros hilos, algunas veces por mucho tiempo y otras apenas se rozan, y se separan. Y al final, cuando el ovillo se agota, cae la última hebra y dejamos de rodar, quedando tras de nosotros el rastro de los caminos que hemos recorrido. Lo único cierto es que nuestro destino es la muerte, todo lo demás es aleatorio y en cierto modo, caótico.
lunes, 21 de enero de 2013
(Soledades)
Cerró los ojos y el suave roce de sus párpados resonó dentro de su cabeza como un portazo. Detrás había un mundo de oscuridad infinita, de frío intenso. Un mundo de paisajes hostiles, sin límites, de desiertos quemados por un sol inexistente, de selvas anegadas por lluvias invisibles, de escenarios en los que él nunca había sido protagonista. Un mundo habitado por los fantasmas de los muertos ausentes, los abuelos, el padre, la hermana; un lugar permanentemente transitado por los fantasmas de los muertos siempre presentes, aquella primera chica, su primer amor de ojos de almendra grandes y sonrientes, o la última, o todas las que hubo entre medias; los fantasmas de los amigos lejanos, de los amigos perdidos. Un mundo habitado por espectros tan ciertos como las cicatrices de su paisaje y tan irreales como el dolor que no sabía cómo curar. Sus ojos cerrados seguían atravesando la oscuridad y al fin se dió cuenta de que lo que no veía era lo único que era capaz de sentir. Se veía perdido en su rincón, en su propio espacio, atenazado por el miedo a los demás, miedo a que alguien pudiera entrar ahí y descubrirle, miedo a que nadie fuera capaz nunca de encontrar la entrada y reconocerle. Allí dentro, lo único que tenía era su propia nada, el escenario de sus más íntimos fracasos.
domingo, 20 de enero de 2013
Individuales
Somos animales sociales, por eso es incomprensible la incapacidad que tenemos a veces para relacionarnos con los demás, incluso con los más cercanos: la familia, los amigos o la pareja. Nos falta empatía para ponernos en el lugar del otro y detectar qué necesita de nosotros, y brindárselo, algo que, por ejemplo, no ocurre en la cultura japonesa, en la que lo principal en las relaciones sociales es hacer que los demás se sientan bien. Nuestra cultura está presidida por el individualismo, y en el fondo de cada uno de nosotros hay un hueco último en el que jamás dejaremos entrar a nadie, es nuestra zona protegida, y lucharemos contra todo con tal de mantenerla intacta. Estamos acostumbrados a que nuestro éxito depende de la comparación con el éxito de los demás, que para poder sentirnos satisfechos debemos tener una clara referencia de que los demás no lo han conseguido, y esto nos hace ver las relaciones sociales como un conflicto de intereses que debemos resolver a nuestro favor. Al mismo tiempo, nos sentimos inseguros y desconfiamos ante la capacidad que puedan tener los demás para hacer lo mismo, y que nos puedan vencer. Queremos hacer amistades, pero al mismo tiempo tememos que nos traicionen; queremos encontrar el amor pero nos da miedo que nos hagan sufrir. Vivimos en permanente contradicción con nuestros instintos, y los reprimimos. ¿Cuántas veces hemos visto en cualquier lado a alguien con quien nos apetecería conversar un rato y no nos hemos atrevido por el miedo al rechazo o al qué pensará? El poder dominante en nuestra sociedad se sustenta en nuestro individualismo, y lo cultiva, pues un conjunto de individuos sin un interés común nunca podrá cambiar el orden establecido.
viernes, 18 de enero de 2013
Revolución
Vivimos tiempos de crisis económica, es cierto, pero en el trasfondo hay algo más. A través de la crisis económica, se ha filtrado en la sociedad una sensación de impotencia colectiva, una especie de tristeza suave que está presente hasta en las sonrisas. Aceptamos nuestro incierto destino colectivo esperando que de alguna manera las cosas se solucionen, que todo vaya a mejor, que poco a poco la niebla de nostalgia de un pasado reciente más amable y el suspiro que se nos escapa al recordar los buenos tiempos den paso al optimismo. Estamos anestesiados ante la injusticia y el atropello que ejerce el poder directamente sobre nosotros y nuestras vidas. Nos sentimos abandonados por una clase política, tanto gobiernos como oposiciones, que busca asegurar sus intereses y los de los suyos por encima del bien común. No hay líderes que ilusionen en ningún bando, líderes que arrastren a la gente y nos hagan creer en un futuro mejor. Estamos acomodados en el deterioro del sistema, intentando encontrar los huecos que nos permitan nuestro minuto de felicidad. A lo largo de la historia, la salida a estas crisis han sido las revoluciones, romper con el pasado y empezar de nuevo, pero hemos interiorizado tanto nuestra derrota como sociedad que ni siquiera nos lo planteamos. Y lo más triste es que tampoco hay un líder capaz de encabezar esa revolución.
miércoles, 16 de enero de 2013
La Bolsa de la Vida
En estos tiempos en los que las noticias bursátiles saltan a cada momento en todos los informativos, es fácil establecer un paralelismo entre los movimientos de los índices y el devenir de la vida. Lo primero, y lo más importante, es que NADIE sabe nunca lo que va a pasar en el momento siguiente, en el segundo inmediatamente posterior al presente. Nadie, ni el mejor economista del mundo lo puede saber. Como se suele decir, un economista es aquel que mañana te explicará por qué hoy no ha ocurrido lo que predijo ayer. Es imposible predecir el futuro. Entonces, ¿Cómo posicionarnos para tener éxito y conseguir nuestros objetivos? Debemos basarnos en lo ocurrido en el pasado, buscar los patrones que se repiten en los acontecimientos, y en base a ellos, y a nuestra experiencia y aprendizaje, interpretar cuál será el resultado más probable para tomar decisiones. Todo es cuestión de probabilidades, nunca de certezas, y aprender a manejar esas probabilidades y a asumir la cuota de riesgo que presenta cada una de ellas es imprescindible para lograr un objetivo. Hay que tomar decisiones, y seguir adelante con ellas, asumiendo su éxito o su fracaso en igual medida. El éxito es tan peligroso como el fracaso, pues nos hace tener una falsa sensación de control que nos hará cometer errores, y el fracaso no asumido nos hará temerosos e incapaces de decidir. Si tenemos claro que tan sólo podemos aproximar probabilidades de los sucesos futuros, y aprendemos a manejarnos con ellas, seremos capaces de alcanzar lo que nos propongamos. Así es la Bolsa. Así es la Vida.
lunes, 14 de enero de 2013
Educación
No es nuevo escuchar que la enseñanza en nuestro país es muy deficiente, algo con lo que estoy de acuerdo. No voy a entrar a valorar los contenidos, ni mucho menos a los docentes, que hacen lo máximo posible con los recursos limitados que poseen. Para mi, el principal problema de la enseñanza es que falla en lo básico, en enseñar a vivir. Los conocimientos académicos son imprescindibles, y siempre nos ayudan a mejorar, pero además de eso, deberían enseñarnos a manejarnos por la vida, a enfrentarnos a situaciones adversas, a reflexionar antes de actuar, a valorar las diferentes posibilidades que ofrece cada situación, a crecer en el fracaso y no dormirse en el éxito, a respetar a los demás para conseguir que nos respeten, a admitir que todas las opiniones e ideas son dignas de consideración aunque sean rebatibles, o no las compartamos. Deberíamos aprender que nuestro propio bien está unido al bien común, y que las oportunidades no vendrán a buscarnos a casa, que hay que escarbar y remover lo que haga falta hasta que las encontremos. Nos falta educación vital, nos falta aprender a conocernos, a encontrar nuestros límites y superarlos, a saber por qué reaccionamos como reaccionamos ante determinados estímulos o situaciones. Por qué sentimos alegría o dolor, y cómo no dejarnos llevar en exceso por la primera ni caer derrumbados por lo segundo. El sistema educativo diseñado por el poder nos da unos conocimientos encorsetados y cerrados, eso es lo que necesitamos para superar esta etapa, pero no nos proporciona las herramientas para desarrollar la personalidad de una manera eficiente, no nos enfrenta a situaciones que exijan razonamientos y comportamientos diferentes, más allá de lo que aparece en los libros de texto, lo que sin duda nos haría ser personas más seguras en nuestras capacidades y más competentes. Cuando terminamos con nuestra educación, es como si nos soltaran con un cuchillo en una guerra de misiles, y tenemos muchas posibilidades de caer derrotados y ser infelices en nuestra vida, porque nadie nos enseña que la búsqueda de la felicidad es un estado interno y parte del conocimiento de uno mismo. La religiosidad budista lo descubrió hace dos mil años. Nosotros aún ni hemos arañado la corteza.
viernes, 11 de enero de 2013
Fin del mundo
Parece que el asteroide que nos va a "visitar" dentro de unas semanas no es un peligro para la Tierra, y que en 2036 hay sólo una posibilidad entre un millón de que impacte (hay que tener en cuenta de que la posibilidad de que nos caiga un rayo es de una entre tres millones, y hay gente a quien le cae). Nos conformamos así con la esperanza de que el mundo no se acabe mientras estemos vivos, y respiramos tranquilos. Sin embargo, no nos paramos a pensar que nostros somos la medida del tiempo del mundo. Para cada uno de nosotros, el mundo empieza en el mismo momento en el que nacemos, y antes de eso para nosotros no hay nada, solo Historia e historias. Y de igual manera, el mundo se terminará en el instante último en el que exhalemos la última bocanada de aire de nuestros pulmones, y unos segundos después, se pare el corazón y el cerebro se ahogue. Ese es el auténtico fin del mundo y el fin de nuestra historia personal. Nuestra huella durará hasta que la última persona que nos recuerde desaparezca, y entonces será como si nunca hubiéramos existido. Es el único apocalipsis que no podremos evitar.
jueves, 10 de enero de 2013
(Paréntesis)
El día se
ha levantado feo. Es de esos días en los que parece que todo va a ir a la
contra desde el principio. Sí, el despertador ha sonado a su hora, pero desde
el primer momento me he dado cuenta de que hoy su hora no es la mía. Es como si
hubiera dormido al revés, a contracorriente. Por la ventana el cielo parece
gris y borroso, las calles aparecen mojadas y nada invita a salir de la cama. El
día se ha levantado feo, y el aire en la habitación está impregnado de neblina
húmeda, de una sensación de vacío intenso que llena cada hueco y cada
pensamiento. Salir de la cama es ahora como poner los pies en el aire, y quedar
suspendido sobre al abismo, esperando el momento en el que empiece a caer hasta
el fondo de algo que no consigo ver. No hay suelo, ni nada a lo que agarrarse,
sólo la intención de sobrevivir, el deseo de luchar, el cansancio de estar
siempre en el mismo sitio, la sombra de la derrota, el miedo a lo desconocido.
El día se ha levantado feo, no hay ojos en los que mirarse, ni brazos que
deseen sujetarme. No hay sonrisas alrededor, ni calor, sólo oscuridad, sólo la
habitación, sólo este día feo, tan feo como tantos otros, tan atractivo como
podría serlo cualquier otro. El día se ha levantado feo y con ánimo de
fastidiar. Se ha propuesto hacerme ver lo negativo de lo positivo; ha decidido
no dejarme disfrutar ni de un único y mínimo triunfo. Lo veo en su cara, hoy se
ha propuesto aplastar cualquier atisbo de optimismo, cualquier esbozo de
sonrisa, cualquier impulso que sume. El día se ha levantado feo y quiere
pintarlo todo de gris, de anodina normalidad. Quiere hacer del cansancio su
arma, de mi ánimo escaso su principal argumento. Quiere que mis pies lo sientan
y sepan que van a caer al vacío sin remedio, disfruta sintiendo cómo a
veces el miedo me invade, cómo la angustia me atenaza, y se ríe cuando ve que,
a veces, casi, sólo casi, pierdo el control. El día
se ha levantado feo y quiere hacer que yo sea como él, apagado, triste y
brumoso. Quiere envolverme en su luz mortecina de alma en invierno para que todo
yo sea también invierno. El día se ha levantado feo, y hoy me ha ganado la
partida.
miércoles, 9 de enero de 2013
Estado del miedo
Sin pretender asignar culpabilidades concretas, vivimos en una sociedad en la que todo está orientado a controlarnos a través del miedo. Un Estado sobreprotector, unido a unos medios de comunicación alarmistas, ya que lo sensacional vende, crean, quizás de manera involuntaria y no cooperativa, un estado permanente de alarma. Cada noticia, cada decisión se convierte en un asunto capital, y perdemos el tiempo mirando al dedo en lugar de mirar a la luna. Lo que hay en el trasfondo es un negocio formidable, porque el miedo hace ganar dinero a las grandes corporaciones y a los estados. Seguros para casi cualquier cosa, consumo ingente de medicamentos, en mucho casos innecesarios, planes de pensiones ruinosos, el sueño ibérico de la seguridad del pisito, las fechas de caducidad de los alimentos, los transgénicos, los peligros del sol, los automóviles, las ondas electromagnéticas de los teléfonos móviles y tantas cosas con las que nos atemorizan a diario que parece imposible que nos atrevamos a salir de casa. Además, las "modas" cambian. Hace años, el aceite de oliva era perjudicial para salud y había que tomar de girasol. Hoy es todo lo contrario. Hasta hace poco, el café en exceso era perjudicial; ahora, han descubierto que un consumo de dos o tres tazas al día es beneficioso y previene algún tipo de cáncer. Lo mismo con el vino y tantas otras cosas. El miedo es el arma más poderosa de las clases políticas y económicas dominantes a lo largo de la historia. Les permite controlar nuestras vidas y además les hace ganar mucho dinero.
domingo, 6 de enero de 2013
Síndrome
La mayoría de las personas, según indican algunos estudios, cree en cada momento de su vida que tal y como son en ese momento concreto, es como serán en el futuro. Que sus ideas, creencias y convicciones son definitivas y que siempre van a pensar como piensan ahora. Es lo que los especialistas llaman el "Síndrome del Fin de la Historia". Me resulta sorprendente, pues si cada uno de nosotros miramos diez años hacia atrás, por ejemplo, y vemos cómo éramos entonces, nos daremos cuenta de que ya no somos así, percibiremos que hemos cambiado de gustos, de aficiones, muchas veces de amigos o de pareja, de ideas, de manera de vestir y de casi de todo lo que podemos cambiar. Personalmente, yo creo en todo lo contrario que define ese síndrome, creo que somos cambio permanente y que sólo unas pocas características o gustos fundamentales, seguramente relacionados con el comportamiento adquirido vía genética, son más duraderos. El resto, todo es cambio. Como escribió Jorge Manrique, "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar", y como ríos, el cauce por el que nos deslizamos es casi siempre el mismo, cambia poco, pero el agua que discurre en cada centímetro del recorrido es siempre distinta. Somos cambio permantente, y gracias a eso, nos adaptamos y podemos superar las adversidades. Si no fuéramos capaces de cambiar, estaríamos condenados a desaparecer.
"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" (Pablo Neruda, Canción Desesperada)
"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" (Pablo Neruda, Canción Desesperada)
viernes, 4 de enero de 2013
Círculos
En estos tiempos de incertidumbre, y en medio de la sensación de inseguridad en la que vivimos, todos tenemos claro que el ser optimistas, el tener una actitud positiva ante la vida y ganas de luchar, nos ayuda a sentirnos mejor y nos capacita para intentar conseguir aquello que queremos. Luchamos por desterrar los sentimientos depresivos agarrándonos a cualquier signo que nos anuncie una esperanza. Estar deprimido no está de moda, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, hoy me he sorprendido al leer una teoría sociobiológica que afirma que la depresión es un mecanismo evolutivo de adaptación a condiciones de dolor y penalidades continuadas, desarrollado durante milenios. Para las personas que viven en un estado que consideran miserable para sí mismos, estado que está a un nivel diferente para cada uno de nosotros, el sentirse mal permanentemente y esperar siempre lo peor es la manera natural de mantener el equilibrio entre ellos y sus poco satisfactorias vidas. Por eso las personas depresivas encuentran tan gratificantes las malas noticias, puesto que reafirman su posición y su estado de ánimo.
Cuando menos, es un enfoque diferente, que no cuestiona el optimismo como energía vital, pero que sí nos hace ver que estar deprimido en un momento dado no es algo que tengamos que esconder o de lo que avergonzarnos. Es sólo el punto de partida, un reposo en el camino para empezar a pelear y seguir avanzando en nuestro viaje.
jueves, 3 de enero de 2013
Landing
Estamos en pleno aterrizaje de este nuevo año y antes de tomar pista ya nos bombardean las noticias negativas. El paro actual, el desempleo futuro, las subidas de precios, la barbarie en diversos lugares y muchas otras malas noticias van minando poco a poco nuestra confianza colectiva. Vivimos en un ambiente de depresión compartida que nos hace más pequeños individualmente, y nos hace temer que el más mínimo cambio termine por destruirnos. Cada uno somos una historia, pero todas están entrelazadas y todas nos afectan en mayor o menor medida. Buscar el optimismo, la fuerza para arrancar, la ilusión por salir adelante es a veces un ejercicio de fe. Nos obligamos a decirlo y a creer en ello como en una religión, a ciegas y sin ninguna prueba de que realmente están ahí, dentro de nosotros. Andamos por la calle entre caras serias y nos ponemos serios, intentando adivinar dónde estarán escondidas las sonrisas, agarrados con fuerza a los reposabrazos del asiento deseando ser los supervivientes de este aterrizaje de emergencia.
martes, 1 de enero de 2013
Propósitos
Primer día del año. En días como éste, tenemos la costumbre de ponernos límites temporales para hacer cosas: meses, semanas..., como si el tiempo fuera algo que podemos acotar y delimitar. No podemos, sólo podemos medirlo, y con tal imprecisión, que siempre vivimos en una aproximación al tiempo presente, porque el tiempo siempre fluye y nunca lo podremos parar. Cometemos el error de tomar el tiempo como la medida de nuestra voluntad para fijar nuestros propósitos, sobre todo en épocas como ésta, sin darnos cuenta de que si de verdad estamos dispuestos a hacer algo, el tiempo de hacerlo es ahora, es ya. Cada momento desperdiciado esperando la ocasión de ponernos a hacer lo que hemos decidido es tiempo que no vamos a recuperar, tiempo que vamos a llegar tarde. No hay que olvidar que los propósitos que nos marcamos, los marcamos nosotros, y si no somos capaces de cumplir con nosotros mismos, ¿Cómo vamos a ser capaces de cumplir con los demás? Cada vez que posponemos lo que queremos hacer, o lo que decimos que queremos hacer, estamos defraudándonos y estamos traicionando la confianza en nosotros mismos, y eso siempre lo acabaremos pagando en forma de frustación o sensación de fracaso. Como dice una frase, que no se de quién es, "hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes"
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