Cerró los ojos y el suave roce de sus párpados resonó dentro de su cabeza como un portazo. Detrás había un mundo de oscuridad infinita, de frío intenso. Un mundo de paisajes hostiles, sin límites, de desiertos quemados por un sol inexistente, de selvas anegadas por lluvias invisibles, de escenarios en los que él nunca había sido protagonista. Un mundo habitado por los fantasmas de los muertos ausentes, los abuelos, el padre, la hermana; un lugar permanentemente transitado por los fantasmas de los muertos siempre presentes, aquella primera chica, su primer amor de ojos de almendra grandes y sonrientes, o la última, o todas las que hubo entre medias; los fantasmas de los amigos lejanos, de los amigos perdidos. Un mundo habitado por espectros tan ciertos como las cicatrices de su paisaje y tan irreales como el dolor que no sabía cómo curar. Sus ojos cerrados seguían atravesando la oscuridad y al fin se dió cuenta de que lo que no veía era lo único que era capaz de sentir. Se veía perdido en su rincón, en su propio espacio, atenazado por el miedo a los demás, miedo a que alguien pudiera entrar ahí y descubrirle, miedo a que nadie fuera capaz nunca de encontrar la entrada y reconocerle. Allí dentro, lo único que tenía era su propia nada, el escenario de sus más íntimos fracasos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario