viernes, 18 de enero de 2013

Revolución

Vivimos tiempos de crisis económica, es cierto, pero en el trasfondo hay algo más. A través de la crisis económica, se ha filtrado en la sociedad una sensación de impotencia colectiva, una especie de tristeza suave que está presente hasta en las sonrisas. Aceptamos nuestro incierto destino colectivo esperando que de alguna manera las cosas se solucionen, que todo vaya a mejor, que poco a poco la niebla de nostalgia de un pasado reciente más amable y el suspiro que se nos escapa al recordar los buenos tiempos den paso al optimismo. Estamos anestesiados ante la injusticia y el atropello que ejerce el poder directamente sobre nosotros y nuestras vidas. Nos sentimos abandonados por una clase política, tanto gobiernos como oposiciones, que busca asegurar sus intereses y los de los suyos por encima del bien común. No hay líderes que ilusionen en ningún bando, líderes que arrastren a la gente y nos hagan creer en un futuro mejor. Estamos acomodados en el deterioro del sistema, intentando encontrar los huecos que nos permitan nuestro minuto de felicidad. A lo largo de la historia, la salida a estas crisis han sido las revoluciones, romper con el pasado y empezar de nuevo, pero hemos interiorizado tanto nuestra derrota como sociedad que ni siquiera nos lo planteamos. Y lo más triste es que tampoco hay un líder capaz de encabezar esa revolución.

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