Nos gusta pensar que controlamos nuestra vida, que somos libres y únicos. Nos construimos una imagen idealizada de nosotros mismos y terminamos por creernos esa imagen que nos hemos fabricado. Somos capaces de ignorar nuestros errores, aunque sean evidentes, y de proclamar nuestros aciertos para que se conozcan (y confirmen así la imagen que hemos construido) aunque sean pocos y cuestionables. Vivimos en una vorágine de acontecimientos y obligaciones que en muchas ocasiones no nos permite pararnos, pensar y analizarnos, y ver si la imagen creada, o la que queremos crear, coincide con lo que realmente somos, o con lo que transmitimos. Somos actores atrapados en una ceguera selectiva, que sólo nos oculta lo que no queremos ver, y sólo deja pasar la luz de lo que nos hace sentir bien. Algunas personas viven en esta ceguera durante toda su vida, y pueden ser felices así; otras, son capaces de abrir esa ceguera y descubren otro mundo y otras posibilidades a cada paso, y también pueden llegar a ser felices de esa manera. Por último, están quienes dejan atrás la ceguera, pero no son capaces de enfrentarse a ese mundo nuevo. Estos son los que están condenados a sufrir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario