Somos animales sociales, por eso es incomprensible la incapacidad que tenemos a veces para relacionarnos con los demás, incluso con los más cercanos: la familia, los amigos o la pareja. Nos falta empatía para ponernos en el lugar del otro y detectar qué necesita de nosotros, y brindárselo, algo que, por ejemplo, no ocurre en la cultura japonesa, en la que lo principal en las relaciones sociales es hacer que los demás se sientan bien. Nuestra cultura está presidida por el individualismo, y en el fondo de cada uno de nosotros hay un hueco último en el que jamás dejaremos entrar a nadie, es nuestra zona protegida, y lucharemos contra todo con tal de mantenerla intacta. Estamos acostumbrados a que nuestro éxito depende de la comparación con el éxito de los demás, que para poder sentirnos satisfechos debemos tener una clara referencia de que los demás no lo han conseguido, y esto nos hace ver las relaciones sociales como un conflicto de intereses que debemos resolver a nuestro favor. Al mismo tiempo, nos sentimos inseguros y desconfiamos ante la capacidad que puedan tener los demás para hacer lo mismo, y que nos puedan vencer. Queremos hacer amistades, pero al mismo tiempo tememos que nos traicionen; queremos encontrar el amor pero nos da miedo que nos hagan sufrir. Vivimos en permanente contradicción con nuestros instintos, y los reprimimos. ¿Cuántas veces hemos visto en cualquier lado a alguien con quien nos apetecería conversar un rato y no nos hemos atrevido por el miedo al rechazo o al qué pensará? El poder dominante en nuestra sociedad se sustenta en nuestro individualismo, y lo cultiva, pues un conjunto de individuos sin un interés común nunca podrá cambiar el orden establecido.
Sí, es verdad...
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