He terminado de leer estos días un libro titulado "Una breve historia de casi todo", de Bill Bryson. Es un libro de divulgación científica, ameno y entretenido, del que se puede sacar una visión global acerca de los acontecimientos y la historia que nos han traído hasta aquí como especie, desde el inicio del Universo hasta la era espacial. Como digo, es un libro muy accesible a cualquier persona con un nivel de estudios mínimo, no es necesario tener estudios universitarios ni grandes conocimientos. Casi podría llegar a ser un libro de texto a nivel de bachillerato. Pero lo que más me ha sorprendido del libro han sido dos cosas:
La primera, la increíble y casi milagrosa cantidad de casualidades favorables que se han tenido que dar para que nosotros, los humanos modernos, estemos aquí ahora y seamos capaces de comunicarnos y tener conciencia de nuestro pasado. En todos y cada uno de los sucesos catastróficos que han ocurrido, en todas y cada una de las grandes extinciones que ha habido a lo largo de la historia terrestre, invariablemente alguno de nuestros antepasados se hallaba en el lugar correcto en el momento preciso para salvarse de la destrucción y seguir adelante. Que cada uno de nosotros esté aquí como individuo supone un milagro no menor. Para que fuésemos concebidos, nuestros padres, dos personas, tuvieron que aparearse en el momento exacto en que hubo la posibilidad de engendrarnos. Tomando como media de cada nueva generación unos 25 años, 25 años antes tuvo que darse esa misma casualidad entre cuatro personas, tus dos abuelos paternos y los dos maternos. Si seguimos remontándonos a razón de 4 generaciones por siglo, el número de casualidades aumenta en progresión geométrica, y sólo con que una de ellas no se hubiera producido, ya no seríamos nosotros, seríamos otra persona.
La segunda tiene que ver más con la estupidez humana, quizás la condición más permanente con independencia de la inteligencia y cualquier otra virtud que podamos tener. La historia de la ciencia es la historia de los conflictos personales de los científicos, y se ha visto entorpecida durante muchos años, incluso siglos, por rencillas personales, odios injustificados, robos de información y en general guerras cruentas totalmente ajenas a los postulados de lo que debería ser la ciencia. Las mentes más brillantes de todos los tiempos, incluidos Newton o Einstein, no fueron ajenos a estas guerras sordas, que en algunos casos llegaban a enfrentamientos personales físicamente. En la búsqueda individual de la gloria, anteponían el ego al bien común de la ciencia, que era el progreso y el avance en el estudio de lo que somos. Y eso ya de por sí no nos deja en muy buen lugar.

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