A veces tengo la sensación de que hay otros mundo detrás de la consciencia en la que vivimos. No se por qué, pero desde lo más profundo de mi mente me asalta la idea que hay una barrera invisible que separa los acontecimientos del día a día, lo aprendido y lo olvidado, lo vivido, lo sufrido, todo lo que compone el bagaje de recuerdos que forman la personalidad y determinan lo que soy ahora, de otra realidad, de otro mundo que vive también ahí dentro y que no soy capaz de visualizar. Hay días en los que tengo casi la certeza de que en algún lugar dentro de mi cerebro, escondida en un rincón que siempre pasa desapercibido, hay una puerta a ese otro mundo, que también soy yo mismo. A veces, incluso, tengo la sensación de que estoy a punto de llegar al lugar y el momento en que pueda acceder a ese nuevo mundo, no se si por casualidad o por voluntad, pero por alguna causa que no llego a comprender, nunca consigo llegar. Ni siquiera puedo imaginar cómo es ese otro mundo. No es lo que veo en sueños, ni es lo que pueda llegar a imaginar. Es algo que se que está ahí, que puede ser fabuloso o terrorífico, que puede ser igual de anodino que la realidad de la que sí tengo conciencia, que se resite a aparecer y se cierra conforme intuyo que de alguna manera me acerco, y profundiza en su madriguera, un poco más adentro, un poco más lejos, un poco más oculto. Muchas veces tengo la sensación de que lo mejor de mí mismo se oculta en ese otro mundo, al otro lado de la pared que no existe y no veo, y no soy capaz de traerlo a este lado. Es por eso por lo que a veces todo me parece gris y plano, porque se que en alguna parte hay un mundo en color y lleno de relieves, de luces y de sombras, que me pertenece y se me resiste al mismo tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario