viernes, 19 de marzo de 2010

LA ERA DE LA IRRESPONSABILIDAD


Hemos cedido el control y la evaluación de los riesgos que nos rodean a los poderes públicos, y nos descargamos de toda responsabilidad, sin asumir que debemos ser conscientes de nuestra existencia y que tenemos una responsabilidad para con nosotros mismos en el momento de tomar nuestras decisiones. Es lo que durante siglos, y hasta muy al final del siglo XX, se ha conocido como sentido común, y que ha ayudado a la especie humana a sobrevivir en todo tipo de circunstancias desde los tiempos de las sabanas africanas hasta ahora.

Imaginad esta escena: un australopitecus afarensis abandona en plena noche el abrigo en el que pernoctan él (o ella) y sus congéneres y se va a dar un paseo bajo las estrellas, porque sí, porque está melancólico, porque ha comido unas bayas fermentadas y está flipando con los puntitos brillantes o porque le sale de las narices. Apenas ha dado unos pocos pasos, cuando una sombra surge de la nada desde los matorrales, le derriba y le destroza la yugular. No llega a comprender lo que le ocurre, tan sólo siente unos colmillos atravesándole la garganta y el aliento mal oliente de la sombra mientras que el aire escapa de sus pulmones para no volver. Nadie en el grupo se extraña de lo ocurrido. Como se diría coloquialmente, se lo había buscado.
Siglo XXI: aventurero de domingo tipo "pánama jack" quiere remontar el Amazonas haciendo títeres a lomos de los cocodrilos, porque le han dicho que eso es "cool". Avanza confiado hacia la orilla y al divisar a los cocodrilos se dirige hacia ellos con paso firme y decidido. El primer cococrilo que se encuentra le lanza una dentellada, pero el intrépido indiana jones consigue esquivarla; el segundo le trinca por el muslo y se sirve la cena. ¿La culpa? De las autorirades de la zona por no tener a los cocodrilos amaestrados y no haberles enseñado que no hay que comer aventuros, encima que van por allí a hacerse la foto a beneficio de los pobrecitos indígenas.
Nos hemos acostumbrado a que otros tomen las decisiones por nosotros, y por tanto, a que otros asuman las responsabilidades inherentes a nuestros actos, y nos estamos convirtiendo en muñecos teledirigidos, en títeres manejados por los poderes de turno (de cualquier campo: política, sanidad, trabajo, cultura, ciencia, deporte,...) que pretenden decirnos qué, cuándo, dónde y cómo pensar, y además nos hacen creer que somos nosotros quienes decidimos. Mentes dormidas en cuerpos dormidos.


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