La
niña de la foto nació en Madrid en el año 37 del siglo pasado, durante la Guerra
Civil, en pleno asedio rebelde y en una calle muy cercana a la Gran Vía,
conocida entonces por los madrileños, de manera jocosa, como la Avenida de las
Bombas, por la gran cantidad de ellas que cayó durante el asedio, aunque naturalmente
ella no recuerda nada de eso. Lo que sí recuerda, a pesar del racionamiento y
las carencias de todo lo más básico, es que fue una niña de infancia alegre y
feliz. Su madre se las ingeniaba como podía con lo que tenía a mano, y conseguía
algún dinero extra lavando la ropa a los soldados que destinaban a Madrid para
hacer el servicio militar. Su padre, camarero durante la guerra, después
empleado de Renfe a pesar de haber estado en el bando equivocado, además del
sueldo de ferroviario como recaudador de la línea Madrid-Medina del Campo,
siempre llevaba a casa algún extra, trapicheando con productos que conseguía
por el camino y luego revendía. El famoso estraperlo, a pequeña escala. Por
eso la memoria de su infancia es feliz. Siempre recuerda los domingos por la
mañana, cuando salía de paseo con su padre por Madrid, a ver libros en la
Cuesta de Moyano, o a visitar algún museo y luego a tomar el vermut en Casa
Rivas antes de ir a comer. Sí, ella también
tomaba un poco de vermut con sifón, eran otros tiempos y otras costumbres. Poco
a poco creció, llegó a la adolescencia y se puso a trabajar, no en un taller de
costura o sirviendo, como muchas otras chicas de su época, sino en un taller de
fabricación de parches de caucho, un
trabajo sucio e insalubre, porque en aquella época las condiciones laborales
eran muy precarias. A pesar de no tener más que los estudios básicos, siempre
fue una gran aficionada a la lectura, una lectora voraz de todo tipo de libros,
lo que le dio una cultura por encima de la media. Con los años, se echó novio, se casó, y
dedicó el resto de su vida a ser ama de casa. Tuvo cuatro hijos y en general,
casi todos los recuerdos de la mayor parte de su vida son felices. Por supuesto
que ha tenido de todo. La vida, como a todos, por cada alegría que nos da nos
descuenta una tristeza, y a ella le tocó vivir una de las más amargas que se
puedan imaginar: la muerte de una hija a una edad injusta y de una enfermedad
injusta. Pero después vinieron nuevas alegrías, más nietos, y pequeños
disgustos, como la separación
matrimonial o la pérdida del trabajo de un hijo. No hace mucho, un golpe muy
duro, la muerte del marido después de varios años de enfermedad, interrumpiendo
así una convivencia de 56 años, entre noviazgo y matrimonio. Nuevas alegrías,
en forma de nieta, y así, uno tras otro, los avatares de la vida, alternando
dulces y amargos. Ahora vive un momento amargo en un hospital, luchando contra
una enfermedad traicionera y que le ha cogido de improviso. Una enfermedad de
pronóstico incierto a su edad, 76 años. Ahora sus ojos reflejan la perplejidad
y el miedo que produce lo desconocido, y buscan, igual que una niña, la mirada de
sus hijos para no sentirse perdida, y se aferra a la mano de quienes la quieren
como intentando agarrarse a la vida. Es una historia vital poco extraordinaria,
muy parecida a muchas otras. Pero para mi es una historia especial. La niña de
esa foto es mi madre.
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