jueves, 10 de octubre de 2013

La niña de la foto


La niña de la foto nació en Madrid en el año 37 del siglo pasado, durante la Guerra Civil, en pleno asedio rebelde y en una calle muy cercana a la Gran Vía, conocida entonces por los madrileños, de manera jocosa, como la Avenida de las Bombas, por la gran cantidad de ellas que cayó durante el asedio, aunque naturalmente ella no recuerda nada de eso. Lo que sí recuerda, a pesar del racionamiento y las carencias de todo lo más básico, es que fue una niña de infancia alegre y feliz. Su madre se las ingeniaba como podía con lo que tenía a mano, y conseguía algún dinero extra lavando la ropa a los soldados que destinaban a Madrid para hacer el servicio militar. Su padre, camarero durante la guerra, después empleado de Renfe a pesar de haber estado en el bando equivocado, además del sueldo de ferroviario como recaudador de la línea Madrid-Medina del Campo, siempre llevaba a casa algún extra, trapicheando con productos que conseguía por el camino y luego revendía. El famoso estraperlo, a pequeña escala. Por eso la memoria de su infancia es feliz. Siempre recuerda los domingos por la mañana, cuando salía de paseo con su padre por Madrid, a ver libros en la Cuesta de Moyano, o a visitar algún museo y luego a tomar el vermut en Casa Rivas antes de ir a comer.  Sí, ella también tomaba un poco de vermut con sifón, eran otros tiempos y otras costumbres. Poco a poco creció, llegó a la adolescencia y se puso a trabajar, no en un taller de costura o sirviendo, como muchas otras chicas de su época, sino en un taller de fabricación de parches  de caucho, un trabajo sucio e insalubre, porque en aquella época las condiciones laborales eran muy precarias. A pesar de no tener más que los estudios básicos, siempre fue una gran aficionada a la lectura, una lectora voraz de todo tipo de libros, lo que le dio una cultura por encima de la media. Con los años, se echó novio, se casó, y dedicó el resto de su vida a ser ama de casa. Tuvo cuatro hijos y en general, casi todos los recuerdos de la mayor parte de su vida son felices. Por supuesto que ha tenido de todo. La vida, como a todos, por cada alegría que nos da nos descuenta una tristeza, y a ella le tocó vivir una de las más amargas que se puedan imaginar: la muerte de una hija a una edad injusta y de una enfermedad injusta. Pero después vinieron nuevas alegrías, más nietos, y pequeños disgustos, como la  separación matrimonial o la pérdida del trabajo de un hijo. No hace mucho, un golpe muy duro, la muerte del marido después de varios años de enfermedad, interrumpiendo así una convivencia de 56 años, entre noviazgo y matrimonio. Nuevas alegrías, en forma de nieta, y así, uno tras otro, los avatares de la vida, alternando dulces y amargos. Ahora vive un momento amargo en un hospital, luchando contra una enfermedad traicionera y que le ha cogido de improviso. Una enfermedad de pronóstico incierto a su edad, 76 años. Ahora sus ojos reflejan la perplejidad y el miedo que produce lo desconocido, y buscan, igual que una niña, la mirada de sus hijos para no sentirse perdida, y se aferra a la mano de quienes la quieren como intentando agarrarse a la vida. Es una historia vital poco extraordinaria, muy parecida a muchas otras. Pero para mi es una historia especial. La niña de esa foto es mi madre.

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