Tenemos tendencia a pensar que las situaciones que conforman nuestra realidad son inamovibles en sus grandes líneas maestras. Eso nos pasó cuando estalló la crisis, que se llevó de golpe nuestro espejismo de prosperidad, y nos dejó cara de tontos y una incredulidad que aún no hemos superado del todo. Y lo mismo nos ocurre en lo referente al modelo de estado que tenemos o tendremos. Para quienes han nacido en democracia, o para quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en democracia, nos parece que el actual sistema de monarquía parlamentaria es el único posible. La palabra república aún despierta resquemor debido a la herencia cultural recibida de nuestros padres y abuelos. Pero la historia no es inamovible. Los países, los estados y las naciones cambian con el tiempo, empujados por el viento que generan quienes los habitan. Si alguien hubiera hablado de una Alemania unificada o una Yugolavia disgregada y desparecida unos años antes de que estos hechos ocurrieran le habrían tachado de loco o de soñador. Pero hoy la Alemania unificada es una superpotencia y Yugoslavia sólo existe en la Historia. En España, sin ir más lejos, la generación de nuestros abuelos vivió al menos cinco regímenes políticos diferentes: el final de la Restauración Borbónica durante el reinado de Alfonso XIII, la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Dictadura de Franco y la actual Monarquía Parlamentaria. Y todos ellos en menos de 75 años. El modelo de estado actual no es inmutable, y no podemos asegurar que dentro de unos años vivamos en este mismo modelo. Es posible que en el futuro España sea una monarquía de estados federados, una república federal al estilo alemán e incluso un estado más pequeño que el que ahora tenemos, con Euskadi y Cataluña como estados independientes. Y puestos a imaginar, sería posible incluso la República de Iberia de Saramago, con España y Portugal conformando un único estado. Lo que ocurra sólo es cuestión de tiempo y generaciones.
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