El tiempo es una dimensión de nuestra vida que nos resulta incómoda. Así como somos capaces de movernos con naturalidad y comprender sin esfuerzo las tres dimensiones del espacio, el tiempo nos encorseta y determina la dirección en la que nos movemos, siempre hacia adelante, y siempre al ritmo que nos impone. No podemos ni acelararlo ni retardarlo. Bien es cierto que siempre la percepción de la duración de cualquier acontecimiento depende de nuestro estado de ánimo. A todos se nos pasa el tiempo muy rápido cuando estamos disfrutando, y muy lento cuando nos toca pasarlo mal. Esa sensación de incomodidad es la que nos hace fantasear con viajar en el tiempo, hacia adelante o hacia atrás, sin tener en cuenta que si viajamos hacia atrás y cambiamos alguno de nuestros comportamientos, el futuro que resulte será diferente del futuro desde el que hemos viajado al pasado, lo que implica la existencia de múltiples futuros probables y la posiblidad de movernos de uno al otro. Si fantaseamos con viajar hacia adelante en el tiempo, estamos dando por supuesto que el futuro ya ha ocurrido y coexiste con el presente, puesto que si no fuera así, no podríamos visitarlo. Es por eso por lo que la dimensión tiempo nos resulta tan incómoda y preferimos no pensar mucho en ella: no somos capaces de comprenderla.
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