Emprendedor es la palabra de moda en el Gobierno cuando se refieren al empleo. Es un bonito eufemismo, detrás del cual todos nos imaginamos a los Steve Jobs, Bill Gates, al fulano de Facebook, al de Amazon o al de Virgin, construyendo sus imperios "desde la nada" en un garaje o un almacén, y perdemos de vista la realidad de lo que esconde el Gobierno detrás de esa palabra. Lo que el Gobierno llama emprendedor, y lo que entiende por emprendedor, es el autónomo de toda la vida, el trabajador o la trabajadora que ve en el autoempleo la única manera de susbsistir, el propietario de un pequeño comercio, de un taxi, de un bar o un restaurante que capea los temporales como puede, y que sigue adelante porque cerrar supone caer en la ruina y en la miseria. En un país en el que la incapacidad de crear empleo de los gobiernos es manifiesta, alentar a los ciudadanos al emprendimiento es una forma de decirles que se busquen la vida porque no hay más, es un reconocimiento tácito de la ineptitud de los que gobiernan para generar las condiciones necesarias que promuevan la creación de empleos dignos. Incapacidad o interés calculado, pues en un país de autónomos, las cotizaciones seguirán llegando a las arcas de la Seguridad Social, mientras que las prestaciones sociales descienden. Cuando un autónomo cierra, no tiene derecho a ningún tipo de prestación. Eso sin contar con que las pensiones de los autónomos son menores que las de los asalariados con el mismo nivel de cotización. Parece que el modelo al que nos llevan es el de un país bipolar, dividido entre autoempleados y empleados precarios por cuenta ajena. Y mientras las grandes cuentas engordan, seguirán quedando cadáveres por el camino.
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