Ser político es una cuestión de equilibrio. Es como caminar por el alambre intentando no caer por ninguno de los dos lados. Pero el equilibrio permanente es imposible, y más cuando a cada lado de la pértiga hay una fuerza que tira para hacer que el funambulista caiga de su lado y hay una banda mediática haciendo ruido para distraer al artista, que puede perder la concentración con facilidad. En un extremo de la pértiga están las promesas electorales realizadas a los ciudadanos, el bien común y el alcanzar un reparto equitativo de la riqueza y conseguir que las condiciones de vida de la mayoría de la gente mejoren. Un objetivo loable, pero poco lucrativo. En el otro, los poderes financieros y políticos que quieren seguir dominando el cotarro y quieren que las cosas sigan como siempre, como toda la vida, es decir, que los ricos cada vez sean más ricos y los pobres cada vez estén más ahogados y por tanto sean meros esclavos de las empresas que les dan de comer. Contentar a estos poderes no está éticamente bien visto, no favorece a la mayoría, sino a la minoría, pero económicamente compensa, tanto a corto como a largo plazo. Además, estos poderes son los que controlar el ruido mediático que presiona para que el político de turno caiga a un lado determinado, y cualquier error se olvida pronto. A fin de cuentas, la memoria colectiva es débil. ¿Hacia qué lado es más fácil que caiga nuestro funambulista? Creo que a día de hoy no se conoce el caso de ningún político que haya salido de la política más pobre de lo que entró.

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