martes, 21 de enero de 2014

Funambulistas

Ser político es una cuestión de equilibrio. Es como caminar por el alambre intentando no caer por ninguno de los dos lados. Pero el equilibrio permanente es imposible, y más cuando a cada lado de la pértiga hay una fuerza que tira para hacer que el funambulista caiga de su lado y hay una banda mediática haciendo ruido para distraer al artista, que puede perder la concentración con facilidad. En un extremo de la pértiga están las promesas electorales realizadas a los ciudadanos, el bien común y el alcanzar un reparto equitativo de la riqueza y conseguir que las condiciones de vida de la mayoría de la gente mejoren. Un objetivo loable, pero poco lucrativo. En el otro, los poderes financieros y políticos que quieren seguir dominando el cotarro y quieren que las cosas sigan como siempre, como toda la vida, es decir, que los ricos cada vez sean más ricos y los pobres cada vez estén más ahogados y por tanto sean meros esclavos de las empresas que les dan de comer. Contentar a estos poderes no está éticamente bien visto, no favorece a la mayoría, sino a la minoría, pero económicamente compensa, tanto a corto como a largo plazo. Además, estos poderes son los que controlar el ruido mediático que presiona para que el político de turno caiga a un lado determinado, y cualquier error se olvida pronto. A fin de cuentas, la memoria colectiva es débil. ¿Hacia qué lado es más fácil que caiga nuestro funambulista? Creo que a día de hoy no se conoce el caso de ningún político que haya salido de la política más pobre de lo que entró.

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