Lo que manda es un gobierno, en cualquier gobierno de cualquier país, no es el bien común, sino la ideología. Ejemplos de ésto tenemos varios últimamente en España (leyes del aborto y de educación, reforma laboral y algunas más) y en el resto del mundo. Uno de los casos que me parecen más escandalosos es el que ha salido a la luz en Texas (USA) en estos días. La noticia es que una mujer en muerte cerebral, es decir, muerta, es mantenida con vida porque está embarazada de varias semanas, y que cuando se llegue a las veintitantas semanas de gestación, se decidirá si se la mantiene con vida de manera artificial o se le desconecta del soporte vital, según solicita su familia. En el ultraconservador estado de Texas, un juez lleva hasta el absurdo las posturas antiabortistas, y prioriza gestar un feto en un cadáver antes que dejar que los muertos descansen en paz, y más cuando ese es el deseo de sus allegados. Cuando alguien muere, todas sus funciones vitales cesan, y toda la vida que haya en su organismo desaparece, desde el nivel celular hasta la persona en conjunto. Mantener a una persona caliente, oxigenada y alimentada para llevar a término un posible embarazo, la relega a una condición de mero recipiente y le despoja de todos sus derechos como persona. Claro, que no nos podemos olivdar de que hablamos de un cadáver, y los cadáveres tienen pocos derechos. Tan sólo el de recibir sepultura digna, y ni eso le conceden. Y éstos mismos que ven con buenos ojos realizar estas prácticas tan aberrantes, se oponen a la investigación con células madre o los vientres de alquiler, por ejemplo. Me imagino a Gallardón suspirando en silencio y deseando vivir en Texas. Allí, con sus posturas sobre el aborto, sería un héroe.

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