Cada poco tiempo salta a los medios el asunto del velo islámico en los centros de enseñanza de nuestro país, debido a confllictos derivados de su uso por parte de algunas estudiantes. Por supuesto, no faltan las voces a favor y en contra, todas con su cuota de razón o de sinrazón a partes iguales. Y para no ser menos, me voy a mojar en este asunto. Mi opinión personal es que no se debe permitir su uso en las instituciones públicas de enseñanza. De las privadas no hablo, cada una define su ideología y quienes a ellas acuden libremente deben respetarla y aceptarla, y si no lo hacen o no lo quieren hacer, no deben ir. Quien quiere educar a sus hijos en un colegio católico o islámico lo hace precisamente porque en ese centro tienen la posibilidad de conocer esa fe y esas creencias, y eso es tan legítimo como cualquier otra postura. Pero la enseñanza pública es diferente, pues por definición es aconfesional, y por ello se han eliminado todos los símbolos religiosos de las instalaciones. No me valen los argumentos de respeto a la religión de cada uno, puesto que nadie admitiría que una niña acudiese a clase con un hábito de monja, que es una manifestación religiosa equiparable al velo, y seguramente esa conducta sería censurada y prohibida de manera tajante, y todo el mundo estaría de acuerdo con ello. Tampoco me vale el argumento cultural, pues tan cultural como llevar un velo, en este caso, puede ser el llevar una gorra, unas gafas de sol o una sudadera con capucha, manifestaciones culturales de nuestra sociedad occidental que son admitidas sin problemas fuera de las aulas, pero que no consideramos apropiadas dentro de las mismas, y no se permiten, por un simple motivo de educación, o mejor dicho, de urbanidad, palabra caída en desuso desde hace muchos años.
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