Vuelvo a temas menos personales y más de actualidad, como sin duda lo es la corrupción que nos rodea. Me parece increíble la tolerancia a la corrupción que tenemos en España. Sorprende igualmente lo engarzada que está la corrupción con la actividad política, tanto, que se puede decir que tenemos una especie de resorte mental que, de manera automática, nos hace pensar en una cuando se menciona la otra, y viceversa. No es algo nuevo, políticos y medradores de todo signo y color político (la poca vergüenza no conoce de ideologías, es su propia ideología) han robado a manos llenas desde los albores de la historia, pero no deja de ser sorprendente cómo incorporamos estos comportamientos a nuestra realidad social y apenas les damos importancia. En el momento actual, desde los inicios de nuestra democracia, ha habido muchos casos de corrupción. Los primeros fueron escándalos mayúsculos, con despliegues mediáticos importantes, y la opinión pública muy sensibilizada, lo que provocaba un fuerte rechazo social a este tipo de conductas. Pero los años, el auge del dinero fácil a través de los pelotazos del ladrillo y la bolsa, y nuestro atávico fatalismo ibérico, nos han hecho, sino ser tolerantes, sí volvernos indiferentes ante estos mangantes. El resultado: políticos y partidos implicados en escándalos de corruptelas varias, a todos los niveles, se presentan a las elecciones locales, autonómicas o nacionales, y además de salir electos, lo hacen con mayorías suficientes para gobernar. Nos roban la cartera, pero no nos importa. Mejor que gane el mío, aunque sea un golfo, antes de que gane el otro, por muy honrado que sea. Los colores son los colores. El resultado es que más que votantes racionales que valoran los programas, somos ultras de un determinado partido, y estamos tan ciegos que no nos damos cuenta de que nos meten la mano en el bolsillo.
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