Dijo alquien alguna vez que en los dos momentos más cruciales de nuestra vida, cuando nacemos y cuando morimos, siempre estamos solos. La frase no se refiere a que no tengamos a nadie querido cerca de nosotros, sino a que en ese preciso instante de transición, nadie nos puede acompañar en lo más profundo de nosotros mismos. Entre medias, vivimos naúfragos en soledades íntimas, que intentamos llenar a través del contacto con el resto de la gente. Nuestro comportamiento social nos empuja a mantener una relación con nuestra familia, a encontrar amigos o a buscar pareja. Sin estos contactos somos seres disfuncionales e incompletos, y nuestra salud emocional se resiente. A largo plazo, es posible que presentemos algún tipo de transtorno del comportamiento, aunque seguramente no seamos capaces de apreciarlo por nosotros mismos. Relacionarnos nos abre posibildades de interactuar con otros seres humanos, compartir vivencias o discrepar sobre puntos de vista, y todo ello nos enriquece. Sin embargo, en lo referente a las relaciones de pareja, las cosas son diferentes, y nosotros somos diferentes. Qué es lo que nos atrae de la otra persona es algo que a menudo no somos capaces de discernir, y nos dejamos llevar más por nuestra necesidad de contacto humano que por las cualidades de esa persona. En el fondo, somos animales y necesitamos que nos acaricien. Qué hace que una pareja se mantenga unida y qué hace que se separe es algo que no sabemos. Sí, hablamos de amor o desamor, de querer o de dejar de querer, pero eso es sólo el resultado de un proceso muy complejo que empieza en un momento indeterminado de una relación por causas desconocidas, y que no somos capaces de apreciar hasta que ya es demasiado tarde y se nos ha escapado la posibilidad de controlar los daños o repararlo. No sabemos en qué momento empezamos a dejar de querer a la persona que tenemos al lado o esa persona empieza a dejar de querermos. Podemos recurrir a muchos tópicos sobre el tema, pero sólo son eso, tópicos, nunca la realidad. Si acaso, un realidad enmascarada para que a nosotros mismos nos resulte más soportable. Lo malo es descubrir que eso es lo único que podemos esperar, momentos disfrazados que nos hagan sentir la ilusión de sentirnos queridos hasta que llegue el momento en el que la fea verdad se nos muestre sin tapujos y tengamos que volver a empezar a buscar, aún a sabiendas de que no vamos a encontrar nada, porque no hay nada que encontrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario