Llevamos años asistiendo a múltiples escándalos de índole sexual en los que están implicados sacerdotes de la Iglesia Católica, principalmente relacionados con los abusos a menores. Está claro que no se puede demonizar a la Iglesia como institución, puesto que los errores los cometen personas individuales, con sus defectos y sus enfermedades mentales, como cualquier otra persona de este mundo. Pero sí que sorprende, por lo menos a mí, la incapacidad que ha tenido la Iglesia para controlar y castigar de manera ejemplar, sin medias tintas, estos comportamientos que, además de delictivos, atentan contra la dignidad de unas personas, menores de edad y por tanto indefensos, que pueden padecer esas secuelas durante el resto de su vida. La Iglesia debería haber sido totalmente intolerante con estos comportamientos y con quienes los manifiestan, pero no lo ha sido. La solución de trasladar de parroquia al delincuente no solucionaba nada, sólo movía el problema de sitio. El arrepentimiento y el propósito de enmienda seguro que están muy bien, pero eso sólo duraba hasta que al "arrepentido" se le ponía por delante otro "menor provocador" que merecía ser sometido. Sin entrar a valorar las manifestaciones totalmente estúpidas que hizo un alto representante de la Iglesia en su momento, no recuerdo quién era, señalando la homosexualidad como causa inevitable de la pederastia, sí que es probable que la pederastia esté más bien relacionada, además de con algún tipo de enfermedad metal o vicio depravado, con el celibato obligatorio. Realmente no se sabe cuándo empezó a ser obligatorio el celibato en la Iglesia Católica, y por lo que he podido informarme, tampoco está muy claro el por qué. El caso es que se les exige un celibato obligatorio que, en un porcentaje apreciable, ningún sacerdote respeta, con el agravante de tener que llevar una vida sexual oculta y con riesgo de ser descubierto. Esto seguramente provoca que los más débiles y mentalmente más enfermos, elijan a menores como sus víctimas propiciatorias, ya que les resulta más fácil manipularlos y amedrentarlos para evitar problemas. Ahora parece que el nuevo Papa está tomando cartas en el asunto y quiere poner solución a este problema de una vez por todas. Esperemos que lo consiga, se ganará el respeto de muchos que no somos creyentes.
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