miércoles, 21 de mayo de 2014

Asesinatos 1

La semana pasada se produjo el crimen de la presidenta de la Diputación de León, y como siempre en este país, y debido al momento en el que se produjo, en plena campaña electoral, las cosas se salieron del tiesto rápidamente. La sombra del atentado terrorista, las acusaciones al clima de crispación social que vivimos (¿Dónde está la crispación? Si estamos todos callados como muertos....) y el oportunismo político saltaron inmediatamente a los medios interesados en hacer ruido y en conseguir que las cosas se queden como están. Al mismo tiempo, salieron los de la justicia poética a poner excusas a lo sucedido con frases del tipo "quien siembra vientos recoge tempestades", que costaron la dimisión a dos concejalas en Galicia, por torpeza manifiesta. Partiendo de la base de que ningún crimen está justificado, tampoco hay que rasgarse las vestiduras, como si un brote violento fuera una excepción inesperada, pues crímenes se producen a diario: mujeres a manos de sus parejas o exparejas, hijos a manos de sus progenitores (ellos y ellas), niños que mueren de hambre, torturas en las comisarias y dependencias judiciales por parte de aquellos que deben defender la ley, lapidaciones de mujeres por los motivos más estúpidos, ejecuciones, guerras, y todas las formas de asesinato que queramos añadir, que son muchas. El asesinato de un semejante ha acompañado a la humanidad desde sus inicios, antes incluso de que las civilizaciones desarrollaran el sentido de la convivencia. Y después de tantos siglos de civilización, aún no hemos conseguido eliminarlo de nuestros códigos de conducta. En el caso de León, no hay más que eso: unas personas que no supieron gestionar su frustración, rencor, envidia o lo que fuera hacia otra persona y que la única respuesta que encontraron fue matar a quien ellas creían causante de sus miserias. Tan simple como eso. Los bajos instintos de la humanidad en estado puro.

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