Hace unos días fue el día del padre, y una señora llamó a la radio para decir que ella había pedido en el colegio de su hija que no se celebrara, porque su hija era huérfana de padre, y había llegado a casa llorando porque no sabía qué hacer con el regalo que habían hecho en la clase de manualidades. Y lo más alucinante es que empezaron a llamar más madres defendiendo esa postura. El razonamiento es que como ahora hay muchos tipos de familias, aquellos que no tienen padre o madre, se sienten discriminados en este tipo de celebraciones. Partiendo de la base de que no me gustan estas celebraciones comerciales, creo que el planteamiento, como nos ocurre muchas veces, es erróneo. A los niños y niñas de familias monoparentales o del tipo que sea, lo lógico es educarles y hacerles comprender que hay diversas situaciones además de las tradicionales, y que el regalo del día del padre se lo pueden hacer igual a su madre, o el del día de la madre al padre, y que lo importante es estar a gusto con la situación en la que viven. En este caso, en el que la niña era huérfana, pues tendrá que asumir que su padre ha muerto y que los de los demás niños no, es ley de vida, y cuanto antes sea capaz de comprenderlo y asumirlo, mejor se desarrollará como persona, y esa es una labor que debe ejercer su madre sin delegar en otros. Eliminar una fiesta porque a alguien no le guste es discriminar a todos aquellos que sí quieren celebrarla. Es como si todos los que no están enamorados o no tienen pareja, pidieran que se eliminara el día de San Valentín del calendario y que se prohibiera hacer publicidad en los comercios. Es algo normal en este país. Cuando algo no nos gusta o no casa con nuestro modo de vida, pedimos que se prohiba, en lugar de aceptar las diferencias y tratar de convivir con ellas.
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