Sigue coleando el tema de los inmigrantes fallecidos en aguas de Melilla hace unos días, y cuanto más tiempo pasa, más vergüenza ajena produce la situación del Director General de la Guardia Civil. Un dirigente que no se entera de lo que pasa en las fronteras que son su responsabilidad, que no se preocupa de informarse antes de salir a la prensa a contar las mentiras que le indican desde el Gobierno, que se ve obligado a rectificar y queda en entredicho públicamente, al demostrar las imágenes de las cámaras de seguridad propias de la Guardia Civil todo lo contrario de lo que él ha contado, debería dimitir, aunque sólo fuera por dignidad y por la vergüenza que debería sentir al quedar en evidencia. Y cuando parecía que las cosas no se podían hacer peor, surge un nuevo escándalo que deja de nuevo en evidencia a este señor: un grupo de golpistas se reúnen en uno de sus cuarteles para celebrar el aniversario del golpe de estado. En cualquier país del mundo esto sería motivo de ceses e incluso de detenciones de los implicados (apología del terrorismo). Y este señor sigue sin enterarse de nada, y sigue sin hacer nada. Es la perfecta definición de un calzonazos: se cree que manda, pero todos los que están por debajo de él se ríen a sus espaldas y hacen lo que les da la gana, mientras que quienes le colocaron en el puesto le mantienen allí porque es bueno tener un pelele que se lleve los golpes destinados al poderoso. En cualquier organización con un mínimo de orgullo este señor estaría en la calle, pues es difícil hacer más en menos tiempo para destrozar la imagen de nadie.
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