Decía el poeta francés Paul Élouard que hay otros mundos, pero están en éste. Lo mismo podemos aplicar a nuestra situación como Estado. Hay varias españas, y aunque todas están en ésta, parece que los gobernantes y la gente normal vivimos en mundos diferentes. Nuestros dirigentes viven en una España irreal, en la que las cifras macroeconómicas dibujan un panorama de color de rosa, y en la que las grandes empresas y los grandes bancos aumentan sus beneficios año tras año, incluso en plena crisis, a costa de destruir empleo, tanto en cantidad como en calidad, y se llevan esos beneficios a otros países en los que las inversiones son más rentables, y como dijo el presidente de Iberdrola, la inseguridad jurídica es menor (que hay que tener cara para decir eso). Mientras tanto, los salarios bajan año tras año, la sanidad incrementa la carencia de recursos y se sostiene por el trabajo de los profesionales, la educación se desmantela, las pensiones tienen cada vez menor poder adquisitivo y quien puede huye de aquí a buscar trabajo a otros países. Es la marca España: un escaparate bonito y todas las miserias debajo de la alfombra. La pobreza es fea y no es cuestión de enseñarla por el mundo. Pero en una calle por la que paso a diario, cada pocos días hay una persona más tirada en el suelo pidiendo limosna. Esa es la nación en la que vivimos nuestro día a día.
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