La inmigración es un problema que ni la UE ni los gobiernos nacionales de cada país están sabiendo resolver. Hubo un tiempo en el que se nos decía que todos estos inmigrantes eran necesarios y venían a cubrir las carencias sociales y laborales de nuestro país, pero ni aún así se diseñó una política clara de necesidades ni de integración. La gente que se va de su país natal a otro, abandonando todo lo que tiene, lo hace por hambre, no por gusto, igual que lo hicieron nuestros antepasados en los años 30, 40, 50 y 60 emigrando a diferentes partes del mundo según las épocas. En medio de todas estas cuestiones sin resolver, y con centenares de muertos cada año en nuestras fronteras, el Gobierno se saca de la manga una medida curiosa: se otorgará la nacionalidad española de manera casi inmediata a todos los descendientes de los judíos sefardíes expulsados por los Reyes Católicos, y que puedan demostrar su condición, aunque no vivan ni vayan a vivir nunca en España. Un representante de la comunidad sefardí se felicitaba por la medida y auguraba que los judíos sefardíes traerían su dinero a España en lugar de llevarlo a los USA o Suiza (¡ja!). Supongo que ese es el criterio que ha utilizado el Gobierno, el dinero, igual que en el caso de los ciudadanos rusos y chinos, que pueden obtener la nacionalidad si se compran una propiedad de un determinado valor. Es decir, queremos inmigrantes ricos, que obtienen la nacionalidad española a cambio de gastar unas migajas de su fortuna en nuestro país, provengan de donde provengan sus fortunas, y despreciamos a aquellos que sólo buscan no morir de hambre. Esto tiene varias lecturas, y ninguna es positiva. Pero eso lo desarrollaré en una próxima entrada.
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