El pasado domingo se emitió por TV un experimento sobre el 23-F, un documental falso en el que se desvelaba que todo lo relacionado con el golpe de estado fue un montaje del gobierno de entonces, de acuerdo con la oposición y el Rey. Parecía inverosímil, pero estaba tan bien hecho y participaban tantos personajes importantes que, sí, tengo que reconocerlo, acabé creyéndomelo como un pardillo. La verdad, 76 años después de que Orson Welles hiciera creer a su audiencia que la invasión que narraba en "La Guerra de los Mundos" era real, no pensaba que se pudiera tragar una bola parecida, pero ya digo, me la tragué. Lo peor de todo es que tengo que reconocer que al final me sentí decepcionado de que no fuese verdad. Una conspiración de ese calibre habría supuesto un terremoto en los cimientos de nuestra democracia y quizás el revulsivo que necesitamos para despertar del letargo democrático que sufrimos. El experimento demuestra que tenemos tendencia a creer en todo lo que implique teorías de la conspiración y negación de las versiones oficiales de los acontecimientos, porque todos estamos convencidos de que el poder siempre nos oculta algo y se beneficia de ello. Cualquier cosa que nos entreguen envuelta en un traje de respetabilidad la aceptamos sin muchas reticencias, y eso nos pone en peligro, pues demuestra una vez más que como la historia la escriben los vencedores, podemos conocer lo que quieren que sepamos, y los vencedores nunca cuentan la verdad, sino lo que les interesa y les hace quedar bien.
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