Tenemos un miedo atávico a la oscuridad. Seguramente en nuestros genes tenemos grabada la impronta de comportamiento que nos hace temer lo que pueda venir de lo oscuro, de la noche, de lo profundo de las cuevas o las simas. Todos los mitos relacionados con la oscuridad, con la ausencia de luz, están relacionados con el mal o los males que nos acechan. Pudiera parecer que conforme nos hacemos adultos, por tanto más racionales y con más conocimientos, estos miedos deberían desaparecer, pero no es así. Es curioso el efecto que tiene la noche en nuestra percepción, supongo que debido a que somos seres eminentemente visuales, y en la oscuridad, es nuestro sentido más limitado. La oscuridad nos afecta a nuestra manera de pensar o de razonar, y perdemos parte de nuestro equilibrio racional y hacemos de cualquier problema un mundo. Sin embargo, las cosas que nos parecen problemas irresolubles durante una noche en vela, no lo parecen tanto a la luz del sol. Hasta los programas de misterio, tipo Iker Jiménez, o las películas de miedo, dan un poco de risa si se ven con la luz del día entrando por la ventana.

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