Siempre
viene bien desconectar de las rutinas y escapar unos días a otro lugar, aunque
las rutinas sean las que cada uno nos imponemos o nos marcamos. Es como poner
la vida en pausa, y así parece que nada es como realmente es o como lo
recordamos. Reencontrar viejos amigos, amigos de siempre, reencontrar las
sensaciones de antaño es una especie de vacuna para el alma, una vacuna contra
la realidad que nos aplasta, una cura de energía que nos recarga para seguir
afrontando la vida de cada día. Pasear
por lugares conocidos o no, sin la premura del tiempo medido, sin hora, sin
rumbo, observar a la gente moviéndose por la calle en un caos ordenado,
observar las caras, los gestos y las miradas es ver la vida en directo, sin
pantallas ni teclados. Desconectar de uno mismo y verse como uno más de esa
masa distante, siempre cambiante y siempre en movimiento, perderse en el
anonimato y sentir la soledad de no estar solo. Luego, recoger las sensaciones,
guardarlas, y volver a lo cotidiano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario