El frío de la habitación aplastaba la ropa de cama como una losa.
Debajo de esa cubierta protectora, el calor y el peso de las mantas y la funda
nórdica le invitaban a no moverse, a quedarse en la cama y dejar pasar el
tiempo. Se había despertado con una sensación extraña y aún no sabía qué era ni
por qué se sentía así. Era algo que tenía pegado al alma, al corazón, a la cabeza.
Algo que no conseguía concretar pero no podía dejar de sentir. Se estremecía con un roce suave y lejano, como si
miles de caracoles se pasearan por su cuerpo tejiendo una maraña de rastros invisibles. Pequeños bultitos
moviéndose por debajo de las sábanas con parsimonia, a conciencia, para no
dejar ni un solo centímetro de piel sin cubrir.
Los fue quitando uno a uno, con cuidado, casi con mimo, para no
dañarlos, hasta que pronto ya no quedó ninguno. Lo que no pudo quitarse de encima
fue la baba de tristeza que le quedó adherida, incómoda como un pijama que
queda pequeño y aprieta y molesta en las costuras. Pero no le quedaba pequeña ni grande, era una tristeza a medida. Una
tristeza que tenía vida propia, que se caía de sus ojos y se agarraba a su
corazón y luego hacía el camino inverso. Una tristeza pegajosa y suave, leve y
delicada, que ese día no era capaz de sacarse de encima.

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