Me gusta viajar en coche. Sentir pasar la carretera bajo las ruedas y los paisajes deslizándose delante de los ojos, casi en una analogía del cambio de la vida. Abandonar el barullo y los atascos de la ciudad, y atravesar montañas y bosques, con los últimos restos de la nevada reciente, adivinando el aire cortante del exterior sin sentirlo. Atravesar las llanuras de Castilla, de tierras planas y heladas, casi muertas, pero que guardan en su interior el germen de la vida que verdeará de trigo, cebada o centeno los campos en poco tiempo. Escuchar el zumbido de las genistas en las medianas y cunetas al paso del coche, y verlas encogidas, agarrotadas y quemadas por el frío del invierno, esperando el momento de explotar en amarillo y llenar de color los ojos de los viajeros. Tierras casi moradas de frío, en las que las sombras de los halcones se confunden con las de las cigüeñas, mientras todos buscan el sustento para su prole. Y así, encerrado en esa burbuja, en la que el tiempo se mide por el lento discurrir de los rayos de sol jugando entre las pequeñas nubes blancas, en la que la música del reproductor marca el ritmo del movimiento, ver el despliegue de la naturaleza que nos ignora, ajena a nosotros, apenas unos puntos locos perdidos en el asfalto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario