Los españoles, en general, somos maleducados en nuestras relaciones sociales. Somos egocéntricos y desconsiderados con los otros, además de no tener ni las más mínimas nociones de urbanidad o protocolo. Pero no es de esto de lo que quiero hablar. En el título me refiero a la otra mala educación, la que reciben nuestros hijos en los colegios e institutos de este país. Una educación cada vez más carente de contenidos, donde se minimizan y se relativizan asignaturas tan importantes para la formación personal como la Filosofía, la Historia y la Lengua, así, en mayúsculas. Una educación que no prima a los mejores, sino que busca una igualdad ficticia entre todos los estudiantes, cuando la realidad es que siempre ha habido listos y tontos en las clases, aunque no sea políticamente correcto. Y por si años de leyes educativas ineficaces y estúpidas no fueran suficientes, ahora nos llega la reforma ideológica de la educación. Todas las leyes tienen un fondo ideológico, pensar lo contrario sería de necios o de ilusos, pero en este caso, es tan descarado y rezuma un tufo tan neoliberal y ultracatólico que repugna a mucha gente. Subvencionar a colegios que segregan por sexo, reducir el número de profesores, eliminar toda referencia a lo que no concuerda con el pensamiento del Gobierno, y sobre todo, la obligatoriedad de la asignatura de religión (católica, por supuesto), nos hacen retroceder unos 50 años en el tiempo. Estamos asistiendo al desmantelamiento organizado y sistemático de la educación pública, y no pasa nada. Tiempo perdido, oportunidades perdidas.
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