No podemos ocultar que somos animales de costumbres. A lo largo de nuestra vida, nos vamos creando unos hábitos y nos rodeamos de una serie de personas, objetos, situaciones y lugares que conforman nuestro paisaje, el paisaje en el que nos habituamos a movermos, a desarrollarnos y en el que nos sentimos a gusto, seguros y cómodos. Es como una proyección de nuestro hogar. En cierto modo, es nuestro hogar ampliado, el mundo en el que vivimos. Lo malo, en muchas ocasiones, es que ese paisaje tan familiar y tan reconocible, se distorsiona por diversas circunstancias, nuestra vida da un cambio a peor por cualquier motivo (y en estos tiempos de crisis motivos no faltan) y perdemos parte de ese paisaje. Entonces nos entra el pánico a la pérdida y queremos aferrarnos a la idea de las cosas que ya no están, buscando en ellas la felicidad que ahora no tenemos. Somos como una mosca intentando atravesar un cristal para salir al exterior, sin darnos cuenta de que a cada intento que hacemos perdemos fuerzas y estamos más lejos de lo que queremos alcanzar. No debemos buscar los lugares o situaciones en los que fuimos felices en el pasado esperando encontrar de nuevo la felicidad en ellos. Ya están amortizados, ya no nos van a hacer felices. La felicidad estará esperándonos más adelante, en otros paisajes, no en la nostalgia.
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