Imagina que estás en un foso que te supera en altura y del cual no puedes salir, ni siquiera puedes ver el borde. Tienes contigo, ahí abajo en el foso, todo lo que forma parte de tu vida, todas las cosas materiales e inmateriales, todo tu equipaje vital. De pronto, sin previo aviso, empiezan a salir chorros de agua de unos agujeros en los muros del foso. Los boquetes se abren aleatoriamente, y nunca sabes dónde surgirá el siguiente. El agua empieza a inundar el foso y a estropear y a hacer desaparecer tus cosas. Naturalmente, tu intentas ponerlas a salvo, pero cada vez hay más agujeros y el agua no cesa de caer, así que tu pensamiento racional te dice que tienes que conseguir parar el agua, valiéndote de lo que tienes: tus manos y los objetos, recordemos, materiales e inmateriales, que hay en tu vida. Primero sacrificas los menos valiosos e intentas salvaguardar los más importantes, pero pronto descubres que no es suficiente, que sólo tienes dos manos y no dan abasto. Es una batalla perdida de antemano. El agua sigue subiendo y cada vez quedan menos cosas de tu vida, hasta que todo, hasta lo más importante, desaparece en el fondo del foso y se pierde para siempre. En ese momento en el que ya no tienes nada, solo te quedan dos opciones, dejarte llevar, rendirte y perecer ahogado, o intentar nadar y mantenerte y subir con el nivel del agua hasta que llegues al borde del foso y puedas salir, esté donde esté. Tu eliges. Esto es la vida.

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