La democracia es el sistema menos imperfecto de los que conocemos para gobernar un país, y en unas circunstancias ideales, sería el sistema idóneo para ser un gobierno efectivo del pueblo. El problema es que a la hora de poner en práctica la democracia no es posible mantener una situación de equilibrio. Este equilibrio se conseguiría si entre unos pocos partidos (por supuesto más de dos, puede que cuatro o cinco, y de ideologías diferenciadas) se repartieran el 80% de los votos de los ciudadanos con fuerzas parejas, de manera que un gobierno estable estuviera sustentado por al menos dos o tres de esos partidos. Eso garantizaría la pluralidad y el control mutuo de los mismos. Pero este equilibrio es casi imposible, en España apenas se ha visto, salvo en los gobiernos apoyados en los nacionalistas en los años noventa. Las alternativas son bastante peores. Por un lado, democracias a la italiana, con tantos partidos en el parlamento que resulta imposible formar gobiernos estables y donde los presidentes de los gobiernos duran dos telediarios. Por otro, los gobiernos con mayorías absolutas demasiado abultadas que al final se convierten en dictaduras de partido, y que gobiernan en contra incluso de los compromisos electorales contraídos con quienes les habían votado. O sea, España hoy. El panorama no es alentador, y lo que es peor, tampoco parece que vaya a cambiar. Para un político, lo primero es su interés personal, el mantenerse en el cargo a toda costa. A fin de cuentas, vive de esto. Luego, el interés de su partido, pues si su partido sale del gobierno, se le acaba el chollo. En tercer lugar, los intereses de quienes les sustentan en realidad, es decir, los grupos de presión económicos y sociales, que además son quienes le facilitarán la puerta giratoria en caso de que salga de la política. Y si sobra alguna migaja, pues para los ciudadanos, a quienes hay que mantener en la ilusión de que realmente son importantes para que sigan votando. Es la farsa de la falsa democracia.
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