domingo, 22 de septiembre de 2013

La carga de la prueba


Vivimos tiempos de austeridad, sí, pero de austeridad impuesta por quienes derrochan los recursos y que al mismo tiempo nos exigen a nosotros que renunciemos, en aras del bien común, a los mínimos conseguidos durante años. Es la estrategia perversa del poder para hacernos sentir culpables por nuestras acciones. Desde hace años se nos pide que ahorremos agua y enegía mientras miles de industrias, empresas, oficinas y organismos oficiales derrochan estos recursos con instalaciones ineficientes y obsoletas que nadie se preocupa de inspeccionar y a las que nadie es capaz de hacer cumplir las leyes medioambientales. Se nos pide que reciclemos los residuos urbanos, algo que en muchas ocasiones es una carrera de obstáculos debido al tamaño de las viviendas y a la situación de los contenedores de reciclaje, si es que existen, mientras las industrias y las empresas generan toneladas de basuras de las que se deshacen sin control en vertederos ilegales, espacios naturales e incluso ríos y lagos. Las superficies comerciales nos cobran las bolsas de la compra para proteger el medio ambiente mientras nos venden productos envasados en plástico. Así la bolsa la paga el consumidor y el embalaje lo paga el proveedor, sin que ninguno de estos ahorros se repercuta en el precio. Llega un punto en el que parece que tendremos que pedir perdón por existir y por querer ducharnos con agua caliente. Al final, las cargas siempre caen sobre los mismo hombros, los nuestros, mientras que quienes realmente han provocado la situación no sólo se van de rositas, sino que además se van más enriquecidos.

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