En los últimos tiempos se ha puesto de moda añadir la coletilla de "el mejor del mundo" a casi todo lo que nos gusta o que nos parece que es bueno. Así, tenemos el mejor aceite del mundo, el mejor clima del mundo, las mejores playas del mundo, los mejores futbolistas del mundo, la mejor comida del mundo, el mejor sistema sanitario del mundo, el mejor piloto del mundo, el mejor tenista del mundo y así hasta el infinito. Sin poner en cuestión el grado de certeza de estas afirmaciones, pues esas valoraciones dependen de quien las hace y cada uno tiene su propia escala de valores que aplica a cada caso, lo triste es que en general nos quedamos en la frase y no nos preocupamos de la realidad que se esconde detrás de cada una de ellas. Al calificar algo como "lo mejor del mundo" caemos en una autocomplacencia que nos impide avanzar, pues si algo es lo mejor del mundo, no es posible mejorarlo, y seguimos holgando, mirándonos el ombligo satisfechos, mientras en el resto de países analizan, estudian y trabajan en mejorar su realidad. Así en tanto que a nosotros se nos llena la boca calificando lo nuestro como lo mejor del mundo, los demás avanzan y de repente nos damos cuenta de que nos pasan por la derecha y por la izquiera a toda velocidad, mientras miramos a los dos lados incapaces de reaccionar y nos quedamos con cara de tontos. Es lo que ha pasado con la concesión de los Juegos Olímpicos, por ejemplo. En lo único que estamos todos de acuerdo, tanto en España como fuera, es en que aquí tenemos a los peores dirigentes del mundo.
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