Cada verano, la incultura y la barbarie se apoderan de los bosques y campos en España, y especialmente en Galicia. En pleno siglo XXI parece inconcebible que aún haya vándalos e ignorantes que piensen que consiguen algo quemando un monte. Como muchas otras cosas, es un problema de educación y de impunidad. Una ley que persiga y castigue en serio a los delincuentes, con penas proporcionales al daño causado, tanto económicas como de prisión, una prohibición de recalificar los terrenos quemados para cualquier otro uso que no sea el destinado anteriormente al incendio durante al menos 75 años, prohibir comercializar la madera quemada, y una limpieza efectiva de los montes durante el invierno para evitar riesgos en primavera y verano serían medidas adecuadas para luchar contra esta lacra. Eso y la denuncia de los propios vecinos de los incendiarios, a veces colaboradores necesarios por omisión y silencio. La gran mayoría de los incendios son provocados, y no cuela el cuento del pirómano, pues según las estadísticas, menos del 1% de los incendios se inician por la acción de un pirómano diagnosticado como tal (es un trastorno mental calificado como extremadamente raro por los psiquiatras). El 99% restante se inician casi siempre por causa de pirómanos interesados, auténticos animales de bellota o retrasados mentales, cuando no brutos, inconscientes e ignorantes. Y hay que procurar que estén todos en la cárcel y respondan con sus bienes por los daños causados. Yo crecí con la antigua campaña de televisión que decía "cuando un monte se quema, algo tuyo se quema".
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