Hay una serie de valores que nos inculcaban cuando éramos niños, como la disciplina, la perseverancia o la capacidad de superación, que en aquella época no comprendíamos muy bien y a los que no prestábamos atención. Cuando eres niño, lo único que quieres es jugar y divertirte, y todo lo que no se consiga de manera fácil y proporcione placer inmediato, aburre y no merece la pena. Mucha gente, al crecer, sigue comportándose de esa manera, y menosprecia el esfuerzo y el valor que tienen las cosas conseguidas a través de él. Quieren que todo venga fácil y viven con la idea de que la vida les debe regalar todo lo que desean sin más, como un sorteo de lotería en el que quisieran ganar sin comprar papeletas. Este tipo de personas se pierden algo muy gratificante y que te da una energía imprescindible para seguir adelante: experimentar la satisfacción que proporciona plantearse un reto, llevarlo a cabo a pesar de todo, y culminarlo con éxito. El subidón de energía que proporcionan los logros así conseguidos es la mejor droga para seguir adelante con más fuerza y con mayores garantías de éxito. Alcanzar los objetivos de esta manera puede llegar a convertirse en un hábito, y pasar así a formar parte de nuestra forma de ser.
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