Cualquier amenaza es sustrato del miedo. Cuando nos sentimos amenazados por algo, esa amenaza nos induce un estado de temor. La amenaza puede ser real, al vernos implicados en alguna situación de peligro o circunstancias que pueden afectar a nuestra vida o nuestro futuro, lo que justificaría ese sentimiento, pero eso no quiere decir que siempre lo sea. Ocurre a menudo que nos vemos envueltos en situaciones en las que percibimos posibles acontecimientos futuros como una amenaza y reaccionamos de igual manera que si estos fueran ciertos en el momento actual, aunque no podamos tener ninguna certeza de que esos acontecimientos vayan a hacerse realidad. Esto nos supone un freno importante a la hora de tomar decisiones y poder afrontar las situaciones con la lucidez necesaria para poder superarlas. Ante el miedo, tenemos tres respuestas posibles: la huida, el sometimiento o la defensa. Cuál aparece en cada momento depende de muchos factores, entre ellos el carácter de cada uno, la situación personal en ese momento y el grado en que nos sintamos amenazados. En cualquier caso, las tres son actitudes de reacción ante algo que nos bloquea. Sólo si conseguimos controlar el miedo y actuamos sin tener en cuenta lo que el miedo nos provoca podremos superar esa situación y tomar las decisiones acertadas. Pasar a la acción antes que a la reacción.
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