No recuerdo quién fue quien dijo que según se iba haciendo adulto iba desarrollando una aversión cada vez mayor a los espejos. Sin llegar a esos extremos, es cierto que a veces los espejos nos traicionan, o se traicionan, y nos muestran las cosas de una manera que no es la que queremos ver. Son la línea divisoria de dos mundos paralelos, simétricos, pero rotados 180 grados. Por eso nos resulta tan difícil, tomando como referencia un reflejo en el espejo, hacer cosas que normalmente haríamos sin ninguna complicación. Intenta apretar o aflojar un tornillo de algún sitio poco accesible, por ejemplo, y lo comprobarás. En cierto modo, un espejo es como la superficie del mar, que separa dos mundos incompatibles, mundos que a pesar de que coexisten pegados, apenas se mezclan más que en una breve capa superficial de unos pocos milímetros. La superficie del mar refleja cada uno de los mundos hacia sí mismo, dejando tan sólo entrever la realidad que hay al otro lado de la lámina de cristal. Cada espejo es una ventana a otro mundo, a un mundo que desparece cuando nos damos la vuelta y dejamos al espejo contemplando nuestra espalda que se aleja.
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