Tenemos la falsa creencia de que nuestro orden social es, en buena medida, inalterable. Es decir, que más o menos, crisis o bonanzas aparte, la estructura social en la que vivimos (derechos y libertades) se mantendrá en el tiempo sin demasiados cambios, tan sólo los que de manera necesaria marque la evolución de la sociedad. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así. En el mundo actual, en pleno siglo XXI, hay muchos ejemplos de lo que pueden cambiar las cosas en poco tiempo y de manera inesperada. Estados consolidados que en un momento dado se convierten en estados sin ley. Un ejemplo claro es el Líbano, cuya capital, Beirut, fue en los años 50 y 60 la capital económica e intelectual del mundo árabe, hasta el punto de ser comparada con Suiza, y hoy es escenario de guerras civiles casi continuas. O Siria, en la que en cada rincón del país impera una "legalidad" sin ley impuesta por quienes dominan en esa zona. O Sierra Leona, donde la lucha por el control de los diamantes es la única ley, y las matanzas de civiles y la corrupción y el tráfico de personas son moneda corriente. Y así muchos más. En Europa pensamos que esas cosas ocurren fuera de nuestras fronteras, que son cosas del Tercer Mundo, y nos equivocamos. En pleno corazón de la zona geográfica europea, entre Moldavia y Ucrania, países ambos que intentan su ingreso en la Unión Europea, se encuentra una pequeña república, Transdniéster, que es un territorio independiente, resultado de una rebelión militar y con un gobierno totalitario en el que no se reconocen los derechos humanos ni sociales más básicos y en el que la inseguridad jurídica hace que sea casi imposible entrar o salir del país. Un estado en el que la corrupción, la tortura y las desapariciones de los no adeptos al régimen son moneda corriente. Un estado sin ley.
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