Ahora mismo, somos una sociedad en estado de shock. Estamos igual que cuando nos despertamos de un sueño placentero y no queremos abrir los ojos, esperando que de esa manera el sueño vuelva y podamos seguir disfrutándolo. Hemos vivido tiempos de bonanza que de repente han desaparecido, se nos han escapado entre las manos mientras nosotros estábamos en otras cosas, y ni siquiera nos hemos dado cuenta de cómo o cuándo ha sido. La escasez, los ajustes, la pérdida de derechos y la falta de oportunidades nos han dejado grogui. Somos un boxeador sonado a punto de desplomarse, con la única esperanza de que suene la campana salvadora, para tener al menos la oportunidad de pelear un asalto más. Siempre es fácil hacer el viaje de abajo hacia arriba, de la escasez a la abundancia. Lo difícil es el recorrido opuesto, el del todo a la nada. Para este viaje, sólo tenemos nuestra voluntad para superar los obstáculos y la certeza de que nadie de fuera nos puede ayudar. Es el momento de volverse a uno mismo y reinventarse, sin mirar atrás, pues lo que dejamos de hacer en el pasado no nos sirve para construir el futuro. Seríamos estúpidos si haciendo siempre lo mismo esperásemos un resultado diferente.

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